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Almas muertas Clásicos de la literatura von Gógol, Nikolái (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 22.07.2015
  • Verlag: e-artnow
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Almas muertas

Este ebook presenta 'Almas muertas', con un índice dinámico y detallado. Es una obra escrita por Nikolái Gógol y publicada en 1842. Se considera por muchos como la primera novela rusa moderna. En 'Almas muertas' se cuenta la historia de Pável Ivánovich Chíchikov, un personaje misterioso que llega un buen día a la ciudad de N. para emprender un negocio oscuro y desconcertante. Entabla relaciones con los hombres más importantes del lugar y les hace una extraña oferta: comprarles los campesinos ya fallecidos para evitarles el pago de sus impuestos a la administración. Algunos propietarios reaccionarán favorablemente ante la oferta, otros no, pero la duda no desaparece: ¿para qué necesita Chíchikov esas almas muertas? Nikolái Vasílievich Gógol (1809 -1852) fue un escritor en lengua rusa. A pesar de que muchas de sus obras muestran la influencia de su educación y cultura ucraniana, escribió en ruso, por lo que sus obras se consideran parte de la literatura rusa.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 506
    Erscheinungsdatum: 22.07.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788026834861
    Verlag: e-artnow
    Größe: 674 kBytes
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Almas muertas

CAPÍTULO PRIMERO

Frente a la puerta de la fonda de la ciudad provinciana de N. se detuvo un cochecillo de apariencia bastante grata, con suspensión de ballestas, como los que acostumbran a utilizar los solterones: tenientes coroneles retirados, capitanes, propietarios que tienen más de cien siervos, en resumen, todos aquellos a los que se da el nombre de señores de medio pelo. En el cochecillo viajaba un caballero que no era ni guapo ni feo, ni demasiado gordo ni flaco; no podía afirmarse que fuera viejo, aunque tampoco se podía decir que fuera muy joven. Su llegada a la ciudad no fue causa del menor ruido ni se vio acompañada de nada que se saliera de lo normal. Solamente dos campesinos rusos que se hallaban en la puerta de la taberna, frente de la fonda, hicieron alguna pequeña observación, que, por lo demás, concernía más al coche que a su dueño. -Mira esta rueda -dijo uno de ellos a su compañero-. ¿Crees que con ella llegaría a Moscú, si tuviera que ir allí? -Sí llegaría -contestó el otro. -Y hasta Kazán, ¿crees que alcanzaría? -Hasta Kazán no -repuso el otro. Y en este punto concluyó la conversación. Digamos también que cuando el coche se aproximaba a la fonda se cruzó con un joven que llevaba unos pantalones blancos de fustán, extremadamente cortos y estrechos, y un frac que pretendía ajustarse a la moda, y bajo el cual asomaba la lechuguilla, sujeta con un alfiler de bronce de Tula que tenía la forma de una pistola. El joven volvió la cabeza, se quedó contemplando el coche, llevó después su mano a la gorra, que poco había faltado para que el viento se la llevara, y continuó su camino. Al entrar el coche en el patio, acudió a recibir al caballero un criado o mozo, que es como se les suele llamar en las fondas rusas, tan inquieto y movedizo que hacía imposible ver cómo era su rostro. Con gran agilidad se aproximó llevando su servilleta en la mano, larguirucho y enfundado dentro de una levita de bocací, que por la espalda casi le llegaba hasta la misma nuca, agitó su pelambre, y con la misma agilidad condujo al señor arriba, por las escaleras de madera, hasta el dormitorio que ya tenía reservado. El aposento era de cierto estilo, ya que la posada era asimismo de cierto género, exactamente como acostumbran a ser las posadas de las ciudades de provincias, donde por dos rublos diarios los forasteros pueden gozar de una habitación tranquila, con cucarachas como ciruelas que aparecen por todos los rincones, y con una puerta que da al aposento vecino, siempre cerrada mediante una cómoda; en él casualmente se halla un señor silencioso y tranquilo, pero en extremo curioso, que muestra gran interés por conocer todo lo que se relaciona con el viajero. La fachada de la posada presentaba características que se correspondían con el interior. Era muy larga y tenía dos plantas. La inferior no estaba aún revestida de yeso, y así continuaba, mostrando sus ladrillos de color rojo muy enmohecidos a causa del tiempo, con sus desagradables cambios, y ya bastante sucios de por sí. La planta superior había sido pintada con el consabido amarillo. Abajo se encontraban diversos tenderetes en los que vendían artículos de guarnicionería, cuerdas y rosquillas. En la esquina, o para ser más exactos, en la ventana de la esquina, se había instalado un vendedor de hidromiel con su samovar de cobre y un rostro tan rojo como el samovar, hasta el extremo de que a distancia se habría llegado a creer que en la ventana había dos samovares, aunque uno de ellos ostentaba unas barbas más negras que la pez. Mientras el recién llegado se dedicaba a pasar revista del aposento, fueron trayendo el equipaje, al que precedía una maleta de piel blanca un tanto desgastada, con señales de que no era la primera vez que viajaba. Fue subida por el cochero Selifán (hombre de poca estatura que llevaba un gabán corto), y por el criado Petrush

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