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Los Incorpóreos 3. Mañana fue ayer von Ripoll, Ana (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 28.11.2013
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Los Incorpóreos 3. Mañana fue ayer

Ha pasado más de un año desde que la joven Perséfone diera un giro radical a su hasta entonces tranquila vida tras enamorarse de Gabriel y descubrir que es un incorpóreo: mitad humano, mitad fantasma. Con él descubrió que ella también tenía la capacidad de caminar entre los muertos, y los habitantes del inframundo la conocen con el nombre de Reina Azul. Pero si La Araña ha hecho nacer una nueva Reina Azul es porque se acerca una batalla. La más peligrosa y la más desigual, pues será contra el oscuro ejército de occisos del aterrador Iskender. Todas las especies del submundo han tomado partido ya por uno u otro bando. Perséfone se prepara en un particular entrenamiento para desarrollar nuevas habilidades, con las que intentará vencer los oscuros poderes que amenazan con destruir el mundo.

Ana Ripoll (Madrid, 1971) es licenciada en Ciencias de la Información. Ha trabajado en distintos medios de prensa escrita y actualmente desarrolla su actividad profesional en un gabinete de comunicación. Escritora vocacional desde una edad temprana, Los Incorpóreos 1: El mundo de las sombras es su primera novela.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 368
    Erscheinungsdatum: 28.11.2013
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788415937814
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 1210 kBytes
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Los Incorpóreos 3. Mañana fue ayer

2. Luna aparece

-No vendrá.

-Sí que lo hará.

Miré impaciente mi reloj. Me apoyé en su hombro y él me besó en la frente.

-¿Y cómo es?

-Nunca la he visto. Es un mito.

Mientras estés aquí, estarás segura, no habrá posibilidad de ataque por parte de ninguna bruja, albina o no, susurró Gabriel sin palabras, desde el contacto de su mano con la mía. No estoy preocupada por eso, si vienen ya sabré cuidarme, es que no sé qué es lo que tengo que aprender aquí. Un entrenamiento, ya te lo explicó Ulla, no has de temer nada. Eso no es verdad, hay muchas cosas a las que temer, la reválida final no será un simple examen, será una batalla contra los occisos de Iskender y no sé si seré capaz de lograrlo, Gabriel. Sí, claro que lo serás, y también sabes que no estarás sola, que estaremos todos allí y...

Retiré mi mano.

-No nos escucha nadie, podemos hablar como si fuéramos normales.

-Como si fuéramos normales -repitió él, pensativo.

-Pero no lo somos -acabé la frase en su lugar. Puse un gesto de fastidio y me sonrió.

-Perdona.

-No pasa nada.

Nos quedamos callados, observando el cielo cambiante. Estábamos a finales de mayo y los días se alargaban sobre el horizonte bello y anaranjado. La primavera se había asentado en todas y cada una de las hojas, brotes y tallos que nos rodeaban. Zumbaban insectos, cantaban pájaros y estábamos viviendo en un tramo plano, tranquilo, después de varias subidas y bajadas vertiginosas a lo largo del último año. Aun así, podía ver, delante de mis narices, la siguiente caída. Me sentía como en esos breves instantes de calma tensa que encuentras justo en la cima de la montaña rusa, justo antes de tirarte raíles abajo.

Una mariposa naranja y azul se posó sobre la rodilla de Gabriel.

-¿Te acuerdas de Huan en la fiesta? -dijo, de pronto, animado.

Reímos, cómo no recordarla. El último día del año quise celebrarlo con una fiesta y elegí Río de Janeiro. Para nuestra sorpresa, se unieron a la fiesta Orlando, Nui, Solomon y Huan. Fue una noche estupenda, divertida, pero el punto álgido fue el momento en que Huan reapareció con un disfraz de mariposa, cuyas gigantescas alas de seda iban barriendo las mesas a su paso, como un huracán.

Aquella noche fue mi paréntesis personal en medio de las semanas que la precedieron y la siguieron, inmersa en el epicentro de una batalla en la que debía tomar parte. Durante muchas noches, diferentes incorpóreos aparecían en el piso del Retiro, para comentar los últimos movimientos de Iskender, de los occisos, de los posibles aliados que estuviera reuniendo. Mientras hablaban, me observaban. Algunos de reojo, otros sin disimulo. Planificaban, discutían la conveniencia de solicitar una audiencia con La Araña ("La Araña ha creado este tablero de ajedrez; no nos va a prestar a nosotros más ayuda de la que les prestaría a ellos", decía siempre Ulla, tajante, siniestra). Había voces muy críticas -y escandalosamente altas- con mi presencia en todo aquello; aseguraban que no estaba preparada para ser la Reina Azul y que, si todo esto se debía a un error, estábamos perdidos. Cuando Gabriel escuchaba aquellas opiniones, me defendía con vehemencia. Les preguntaba si alguna vez La Araña había actuado sin prever sus siguientes movimientos, a lo que todos callaban, y declaraba que eso era la prueba de que yo era la Reina Azul y que mi entrenamiento comenzaría en breve y sería capaz de cerrarles a todos la boca. Pero ese mismo argumento me dejaba a mí sin ellos. Que yo fuera capaz de cumplir con mi cometido solo porque así lo había dispuesto La Araña, en lugar de afirmar y defender mi valía, me dejaba tocada. En otras ocasiones, las discusiones alcanzaban tal estrépito que Gabriel y yo nos escabullíamos sin que se dieran cuenta, y nos íbamos a pasear por El Retiro, abrazados, como cualquier otra pareja.

Luego, a solas, Gabriel me confesaba que habr

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