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Jugar con fuego von Mankell, Henning (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 21.09.2011
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Jugar con fuego

Sofia estaba sentada junto al fuego. Ahora las llamas la amenazaban. No eran cálidas y agradables, y ella sabía por qué. En la oscuridad, tumbada sobre una manta, se encontraba Rosa, su hermana mayor, que estaba enferma. De todos los hermanos, Rosa era a quien ella quería más. Rosa tenía diecisiete años, tres más que Sofia. con ella podía hablar de todo y reían a menudo. Rosa podía contar cosas que a Sofia todavía no le habían pasado. En especial cuando tenían que ver con aquello que llamaban amor. Y Sofia escuchaba y guardaba en la memoria todo lo que Rosa le decía. Sofia miró las llamas e intentó comprender qué le ocurría a Rosa. Todo el mundo se ponía enfermo de vez en cuando. Pero esta vez parecía que las llamas trataban de contarle algo. Y Sofia sintió miedo...

Henning Mankell (Estocolmo, 1948), dramaturgo y autor de novelas policiacas famosas en todo el mundo, también escribe libros juveniles. Actualmente vive entre Suecia y Mozambique, donde dirige el teatro nacional. Por su tetralogía El perro que corría hacia una estrella recibió numerosos premios.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 208
    Erscheinungsdatum: 21.09.2011
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788498416374
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 410 kBytes
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Jugar con fuego

2

Sofia había pensado a menudo que uno desconoce de antemano la mayor parte de las cosas que componen la vida. Aunque planificaras lo que ibas a hacer, siempre ocurría algo inesperado. Sofia recordaba con plena claridad cuándo había empezado a pensarlo. Fue después de la gran catástrofe. Aquella mañana, aquel día totalmente normal, cuando Sofia pisó la mina que estaba enterrada en el suelo y su hermana Maria murió y ella perdió las dos piernas; fue entonces cuando aprendió que nada era cierto y seguro de antemano. Valía para todo en la vida. Cuando te ibas a dormir no sabías si al día siguiente, al despertar, estaría lloviendo. No sabías cuándo ibas a tener dolor de barriga o una picadura de mosquito en un lugar del cuerpo donde tú no alcanzas y hay que pedirle a otro que te rasque.

No sabías nunca cuándo iba a ser un buen o un mal día.

Sólo podías desear.

Sofia había intentado varias veces hablar con Rosa sobre ello.

Pero a Rosa no le importaba. Pensaba que Sofia era infantil. Además, Rosa estaba casi siempre enamorada. En ese caso sólo tenía tiempo para pensar en el chico nuevo. Cuando Sofia le hacía trenzas estaban más juntas que nunca. Era entonces cuando compartían sus pensamientos más profundos. Pero no todos. Sofia sabía que Rosa tenía sus secretos, del mismo modo que ella tenía los suyos. Seguramente no te unías tanto a otra persona como para compartir todos tus sentimientos y todos tus sueños. Siempre había alguna pequeña cueva de la que no revelabas la entrada.

Aun así, era como si compartieran todo lo que era importante. Rosa era mayor que Sofia. Había vivido más tiempo y había tenido más experiencias. Podía contarle a Sofia cosas que todavía no le habían pasado. En especial cuando tenían que ver con aquello que llamaban amor. Y Sofia escuchaba y guardaba en la memoria lo que Rosa le decía.

Pero también había algo que hacía de frontera invisible entre las dos.

Rosa nunca había pisado una mina. Todavía tenía las piernas con las que había nacido. No los trozos de plástico con zapatos adheridos que Sofia se sujetaba cada mañana y se quitaba cada noche.

A veces, Sofia pensaba que no era sólo ella la que había perdido a su hermana Maria. Maria también había sido la hermana de Rosa. Pero, de todos modos, era como si Rosa no pudiera llorar a Maria tanto como Sofia. Maria tampoco iba nunca a visitar a Rosa por las mañanas. Al menos Rosa nunca había contado nada sobre el particular. Y si hubiera sucedido, lo habría hecho. Sofia siempre se lo pensaba dos veces antes de revelar un secreto. Pero Rosa era distinta. En el mismo momento en que algo le pasaba por la cabeza se transformaba en palabras que salían de su boca.

También había cosas de las que era difícil hablar.

A menudo Sofia sentía que estaba celosa de Rosa por tener piernas de verdad. Nunca aprendería a caminar con la misma belleza que Rosa, nunca podría mecer las caderas como ella. Sofia necesitaría siempre el apoyo de al menos una muleta y siempre caminaría tiesa, como si tuviera unos zancos debajo de las rodillas. Se le hacía difícil reconocer que estaba celosa. Rosa no podía remediar que hubiese sido Sofia la que jugaba con Maria cuando pisaron la mina. A veces, Sofia podía sentirse avergonzada de sentir celos de Rosa. En ocasiones, por la mañana, mientras esperaba a que cantara el gallo, sus pensamientos podían enfadarla de tal manera que sentía ganas de pegar a Rosa mientras ésta seguía allí tumbada durmiendo.

Además, Rosa era más hermosa que ella.

Aunque Sofia hubiese tenido sus piernas nunca habría tenido una cara tan bonita y un cuerpo tan bello como el de Rosa. Sofia era de complexión fuerte, mientras que Rosa era alta y delgada. Sofia tenía los pechos más grandes que Rosa, que los tenía de un tamaño perfecto. Aunque a veces se reían tontamente, antes de acostarse comparaban minuciosamente sus cuerpos desnudos. Encendían una ve

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