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Distrito Federal Historias de un secuestro von Cortina, Francisco J. (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 06.04.2016
  • Verlag: Editorial Alrevés
eBook (ePUB)
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Distrito Federal

México Distrito Federal, con veinte millones de personas, es un escenario en donde las vidas de sus habitantes se entrecruzan constantemente en un viaje a veces inverosímil al encuentro con su propio destino. Un inicio explosivo, que no dará tregua al lector durante toda la novela, en la que las luces de patrullas y sirenas de ambulancias golpean la mirada que se asoma al bullicio en una tarde con tráfico en la ciudad de México, mientras una adolescente agoniza sobre el asfalto con un disparo fatal en el pecho, un padre que busca revivirla y que tendrá que atravesar su particular travesía en su vano intento por lograrlo, y un par de jóvenes a los que secuestran por accidente los mismos criminales culpables del asesinato. Entre todos se dibuja un itinerario soberbio de casualidades, afectos y ultrajes que van más allá de cada gesto. En el interior de cada uno de ellos fluye la misma vida líquida y desesperada, con sus miserias y contradicciones, pero también corre el amor y la ternura que todo lo abarcan en una urbe desmesurada, un territorio de exploración humana cuyos límites exceden la extraña geografía del alma. 'Un thriller en la línea de James Patterson o Michael Connelly que sin duda mantendrá al lector al borde de la página.' La Fábrica, México D.F.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 320
    Erscheinungsdatum: 06.04.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416328314
    Verlag: Editorial Alrevés
    Größe: 491 kBytes
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Distrito Federal

1

El corazón de Alfonso Ruiz se detuvo. La sangre dejó de circular. Su cuerpo fue abandonado a merced del frío atroz, del que se vale la muerte para llevarse consigo a sus elegidos.

Al igual que su auto, la mente de Alfonso Ruiz corría a toda velocidad. "A lo mejor se pasó una luz roja o el poli quería dinero y por eso me llamó. ¿Y si chocó? ¿Y si atropelló a alguien? Dios no lo quiera. Como sea. Si se necesita, le consigo a un abogado, el más perro de todos, pero a mi Ale no se la llevan a la cárcel. ¿Le hablaré a su mamá? Mejor no, se va a poner histérica, lo más seguro es que sea una pendejada. Pero ¿por qué el policía me marcó desde su teléfono y no ella misma?"

Hacía unos minutos había abandonado precipitadamente su oficina en lo más alto de un edificio en la calle de Masaryk, el equivalente mexicano del Rodeo Drive. Aquella lacónica llamada del policía había interrumpido su viaje hacia El Rincón Argentino, el restaurante en donde acostumbraba a citar a sus clientes para cerrar tratos. Así transcurría su existencia como empresario exitoso.

Rodeado de sus pensamientos, llegó en pocos minutos sin darse cuenta. Las luces azules y rojas de dos patrullas protegían el lugar, el estómago de Ruiz se encogió. Detuvo el auto y salió lentamente del mismo, tratando de ubicarse.

Alcanzó a ver el coche de su hija Alejandra y fue corriendo hacia el lugar. El corazón le latía a mil mientras el viento lo empujaba hacia atrás, la policía contenía al grupo de mirones que siempre acompañan estas ocasiones. Reconoció el VW Beetle verde; la puerta del auto estaba abierta, vidrios en el suelo. Como colofón, tendida en el suelo había una silueta tapada con una cobija. Parecía un mal sueño, de esos que raramente visitaban a Alfonso Ruiz.

El llanto de Gabriela, la amiga de Alejandra, le hizo levantar la vista. Temblaba histérica, los paramédicos la atendían y un policía intentaba comunicarse con sus familiares. Podía verse al oficial como en uno de aquellos documentales sin sonido, con un celular rojo en la mano y dirigiéndose a la joven para tratar de obtener alguna pista del número que debía marcar.

Alfonso Ruiz se sintió mareado, todo empezó a pasar en cámara lenta, en blanco y negro, las caras de los policías con la mirada baja, la calle llorando, gestos lúgubres o de susto. En tan solo veinte minutos su vida se esfumó, succionada a partir de esa llamada. Ojalá nunca hubiera contestado. Habría logrado vivir unos cuantos minutos más. Nadie le cerró el paso, nadie le preguntó nada, nadie le sostuvo la mirada, su semblante servía de identificación, no había duda: era el padre de la chica.

Se arrodilló rogando a Dios que fuera una equivocación, que la forma que daba cuerpo a la frazada fuera de otra persona, cualquiera menos su pequeña Alejandra. Por un momento dudó en levantar la manta; titubeante, la tomó por una orilla con delicadeza. Apartó el cobertor con cuidado y el rostro surgió poco a poco, dormido, como ajeno a los terribles momentos que acababa de vivir. Era una muñeca blanca y perfecta, tirada en el suelo, olvidada sin querer.

Alfonso le tomó a su hija las dos manos, las sostuvo con una de las suyas y con la otra le acarició el cuello, buscándole el pulso mientras observaba la gran mancha oscura que le rodeaba el pecho. Sintió cómo Alejandra se iba enfriando poco a poco, y él junto a ella.

Entonces entendió que aquella pesadilla era real. Se agarró la cabeza como si fuera a estallar y tuvo ganas de vomitar. Intentó dominarse pero no pudo: arrodillado, emitió un mudo alarido que atravesó calles, edificios, coches y murmullos, un grito que dejó la ciudad en completo silencio. Eran las dos veinte de la tarde, hora exacta en la que la vida de Alfonso Ruiz se había detenido para siempre y, lo peor de todo, tenía que seguir viviéndola.

Aquella había sido una formidable mañana de primavera; un sol arrogante iluminab

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