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El ataúd de la novia von Lindell, Unni (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 15.06.2016
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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El ataúd de la novia

En este nuevo caso del inspector Cato Isaksen, Unni Lindell lleva al límite la locura, el horror y el miedo que habitan en el fondo de cada uno de nosotros. En 1988, Maike Hagg fue encontrada muerta en el sótano del imponente Hospital Psiquiátrico Gaustad. La institución noruega acostumbraba a organizar jornadas de puertas abiertas para que los hijos de los pacientes pudieran conocer a otros niños en su misma situación. Según las conclusiones de la policía, la pequeña habría sido víctima de un desafortunado accidente. Veinticinco años más tarde, cuando el caso está a punto de ser archivado, Emmy Hammer y Aud Johnsen, que de niñas se vieron envueltas en las extrañas circunstancias que envolvieron la muerte de Maike, se reúnen para esclarecer de una vez lo que realmente ocurrió aquel día. Poco a poco, las escalofriantes prácticas del hospital irán saliendo a la luz, y no tardaremos en descubrir que cuando el recinto se vio obligado a cerrar sus puertas tras la reforma de la Ley de Salud Mental, no todos los internos llegaron a abandonar aquellos muros... Unni Lindell (Oslo, 1957) ha publicado novela, poesía, relatos y libros infantiles, habiendo obtenido numerosos premios. Sus novelas policiacas destacan por la gran importancia que concede a la turbulenta vida privada de los investigadores, por la gran profundidad psicológica y la magistral caracterización de todos sus personajes, y por la presencia descarnada y sin censura del lado más oscuro del ser humano.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 360
    Erscheinungsdatum: 15.06.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416749577
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 815 kBytes
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El ataúd de la novia

La mujer estaba tumbada de lado con un brazo doblado en ángulo recto con respecto al cuerpo y la cabeza prácticamente separada del tronco. Estaba en el recibidor. Alrededor de la fallecida reinaba una sensación de vacío. Sus ojos oscuros estaban muy abiertos. La herida que atravesaba su garganta se abría grotesca ante ellos. La alfombra de pelo largo estaba bañada en un color entre rojo y marrón. Había tiras de piel pegadas al vestido amarillento empapado en sangre. Tan solo sus pies asomaban al salón.

El perro mestizo de color marrón claro movía la cola con desánimo y ladraba bajito. Un agente lo sacó y lo dejó atado a una farola. Los técnicos tendrían que echarle un vistazo antes de llamar a la protectora de animales.

Cato Isaksen llamó al jefe de guardia y le pidió que hablara con el responsable de prensa. Le informó del asesinato y le dijo que no tenían datos ni sobre el motivo ni sobre la autoría. Estaba en el vano de la puerta hablando por teléfono en voz baja mientras observaba el cadáver.

-No hay indicios de robo. Debe de haber abierto la puerta voluntariamente. Espera un poco antes de dar la noticia -dijo sintiendo que le dolía la espalda. El dolor era más intenso en el lado derecho, una especie de espasmo. Se estiró con cuidado.

Un cuarto de hora después, el equipo de técnicos de la división criminal estaba allí, vestidos con sus monos blancos. La forense, Ellen Grue, tomó el mando, se puso unos calcetines de plástico y entró.

Un técnico empezó a hacer fotos del lugar de los hechos. Acordonaron el patio trasero y la acera además del pequeño jardín. Se informó a los vecinos e intentaron alejar a los curiosos. Los perros rastreadores estaban en camino.

Cato Isaksen intentó reconstruir una hipotética secuencia de los hechos. Alguien había llamado a la puerta. Ella abrió y fue asesinada. O había recibido la visita de alguien que se marchaba. Sus botas estaban en el suelo. El perro había lamido parte de la sangre. Solo había un fino reguero que llegaba hasta el felpudo, el suelo estaba tenía una leve inclinación.

Ellen Grue levantó la vista.

-Ha habido algo de lucha, pero no ha sido muy violenta. Le han cortado el cuello con un instrumento afilado.

Roger Høibakk buscó datos de la supuesta víctima en su iPad otra vez.

-Es ella. Hay fotos suyas en internet. Aud Johnsen trabajaba en el Diario de Oslo, un periódico gratuito que se publica cada quince días. Ella es la única que está empadronada en este domicilio -dijo Roger Høibakk-. Ya he intentado llamarla al móvil, jefe. No da señal. El móvil no está aquí. Voy a ponerme en contacto con la Unidad de Respuesta Rápida y les diré que hablen con las compañías de telefonía móvil.

En ese mismo instante sonó el teléfono de Roger Høibakk.

-Jefe -dijo-, es el telediario.

Cato Isaksen levantó la mano para pedir prudencia.

-Diles que hablen con el responsable de la operación, nosotros aún no tenemos nada. Cuanto menos digas, mejor.

Roger colgó y los dos investigadores se pusieron fundas de plástico encima de los zapatos.

-Puede que conociera al asesino.

Cato Isaksen entró en el piso, que consistía en un gran salón con un enorme ventanal con vistas al río. El techo tenía, por lo menos, cinco metros de altura, y los bastos muros de hormigón estaban pintados de blanco. El apartamento se veía ordenado, pero el abrigo estaba tirado encima de una silla.

-Debe de haber salido y ha regresado de la calle -dijo Cato Isaksen.

De las paredes colgaban carteles enmarcados de intensos colores, pero no había retratos de familia. Sobre la mesita del sofá descansaba un ordenador portátil abierto. Junto a él había una botella de vino tinto casi vacía y una copa. Un técnico abrió una puerta de cristal junto al ventanal.

-Hay huellas muy nítidas -dijo.

Isaksen miró hacia el seto de tuyas, tras él la ladera se inclinaba hacia

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