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La otra piel von Mark, David (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 15.10.2014
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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La otra piel

La Unidad de Delitos Graves y Crimen Organizado está muy ocupada investigando los crecientes y brutales ataques contra los productores de cannabis vietnamitas a manos de una nueva banda rival. Mientras tanto, el detective Aector McAvoy, un poco al margen, sigue su instinto y está ocupado con el aparente suicidio de Simon Appleyard, un joven homosexual habitual de las fiestas sexuales con su mejor amiga, la extravagante Suzie Devlin. McAvoy cree que Suzie puede ser el próximo objetivo de un asesino, y que sus peculiares tatuajes son la pista. Sin embargo empiezan a aparecer más cadáveres y todos están conectados de una manera u otra con las webs de encuentros sexuales y los clubs nocturnos de la zona. El detective Aector McAvoy comienza a sospechar que el asesinato de Simon es solo la punta del iceberg. McAvoy pondrá a prueba su temple y su honestidad cuando la investigación lo lleve a acercarse peligrosamente a la élite política local, gente poderosa que mataría por mantener ocultos sus secretos y con las conexiones suficientes como para arruinar su carrera. David Mark nació en Carlisle, Reino Unido, en 1977 y ha trabajado durante más de quince años como periodista, siete de ellos en la sección de sucesos del diario The Yorkshire Post en su redacción de Hull, en East Yorkshire.El oscuro invierno, su primera novela, será traducida próximamente a varios idiomas, y en 2013 será publicada Original Skin, continuación de esta serie del sargento McAvoy. Actualmente vive en Lincolnshire, cerca de Hull.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 416
    Erscheinungsdatum: 15.10.2014
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416208623
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 897 kBytes
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La otra piel

Capítulo 1

–Cuando me fui a la cama a medianoche no estaban aquí. Y esta mañ;ana, cuando me he levantado a las seis, me los encuentro campando a sus anchas. –El hombre señ;ala con el brazo, desesperado–. Entonces ¿cuándo han aparecido?

La agente Helen Tremberg se encoge de hombros.

–Entre las doce y las seis, supongo.

–Pero ¡no han hecho ningú;n ruido! ¡Y ahora escuche! Menudo guirigay. ¿Có;mo es posible que no hayan despertado a nadie?

Tremberg no puede alegar gran cosa.

–Quizá sean ninjas.

El hombre le lanza una mirada. Tendrá unos treinta y tantos añ;os y, por su ropa, presumiblemente trabaja en una oficina. Tiene el pelo entrecano y unas gafas más que pasadas de moda. En su actitud hay algo que sugiere que se trata de alguien que tiene un plan de pensiones de bajo riesgo y cierta tendencia a examinar el contenido de los pañ;uelos después de sonarse la nariz. Se lo imagina perfectamente con dos copas de vino encima empezando todas sus frases con un "Yo no es que sea racista, pero...".

El hombre vio el campamento gitano desde la ventana de su cuarto de bañ;o mientras se lavaba los dientes. Lo que vio, segú;n sus palabras, fue "simplemente un pandemó;nium" y llamó; al 999, el nú;mero de emergencias. No fue la primera persona en salir a la calle cubierta de hojas secas que da al campo de fú;tbol, pero sí la ú;nica que había decidido decirle a Tremberg a la cara lo que pensaba de la situació;n.

Media hora antes, Tremberg se moría de ganas de empezar el día. Llevaba haciendo trabajo de oficina desde que se había reincorporado a su puesto, incapacitada para participar en las operaciones más o menos interesantes hasta que concluyera su terapia con el psicó;logo del cuerpo y su doctor le firmase lo que parecía una serie interminable de formularios certificando que la puñ;alada que había recibido en la mano no le había causado un dañ;o irreversible. Esa noche, si todo iba bien, le permitirían sumarse a la parte más entretenida de la profesió;n y vería có;mo su jefa, Trish Pharaoh, esposaba a un miembro de una banda de estupefacientes y cerraba una operació;n antidroga. Tremberg quiere implicarse. Lo necesita. Tiene que mostrar buena disposició;n y probar que no es una rajada. Quiere demostrarle a cualquiera que tenga dudas que ya ha superado el incidente que casi le cuesta que un asesino en serie le rebane el cuello, y lo ha hecho siguiendo la fó;rmula de la vieja escuela, eliminando el recuerdo de su sistema a base de vodka y una buena llorera.

–¿Cuándo se marcharán? –le pregunta el hombre–. ¿Qué pensáis hacer al respecto? Este es un buen barrio. Pagamos nuestros impuestos. No tengo nada contra ellos, pero este no es el lugar. ¡Hay otros lugares para ellos! ¿Qué vais a hacer?

Tremberg no responde nada. No tiene respuesta a su pregunta. No quiere hablar con este hombre. Quiere ponerse a trabajar. No tiene ganas de apoyarse contra la portería de un campo de fú;tbol que se encuentra en la intersecció;n de los acomodados pueblos de Anlaby y Willerby. Se siente como un portero que observara có;mo se desarrolla el partido en el extremo opuesto del campo.

–Debería haberme quedado en el coche –dice para sí, mirando más allá de donde está el hombre, donde están aparcadas las caravanas, no demasiado apartadas del centro del campo de rugby adyacente. Toma nota del pandemó;nium.

Seis caravanas, cuatro vehículos todoter

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