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La trampa de miel El primer caso de la agente Marian Dahle von Lindell, Unni (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 02.06.2011
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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La trampa de miel

Unos días antes del comienzo de las vacaciones de verano desaparece Patrik, un niño de 7 años que volvía solo del colegio a casa. Hace calor, todo está tranquilo. La furgoneta de los helados ha hecho su ronda habitual, la anciana que vive recluida al final de la calle espía por la ventana, dos niñas saltan sobre una cama elástica en el jardín vecino. Una semana después, una inmigrante ilegal muere atropellada. Era la novia del conductor de la furgoneta de los helados, y trabajaba en el barrio residencial donde desapareció Patrik. El inspector de policía Cato Isaksen tendrá que enfrentarse a numerosos retos; no sólo a las terribles conexiones que descubrirá entre ambos casos, sino también a su peculiar nueva compañera, la joven y tozuda Marian, que en ocasiones parece tener una desconcertante empatía con la mente criminal; Unni Lindell (Oslo, 1957) ha publicado novela, poesía, relatos y libros infantiles, habiendo obtenido numerosos premios. Sus novelas policiacas destacan por la gran importancia que concede a la turbulenta vida privada de los investigadores, por la gran profundidad psicológica y la magistral caracterización de todos sus personajes, y por la presencia descarnada y sin censura del lado más oscuro del ser humano.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 410
    Erscheinungsdatum: 02.06.2011
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788498416053
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 601 kBytes
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La trampa de miel

10 de junio (14:42)

Vera Mattson pasó cansada la mano por su ancha frente. El cabello, recogido en la nuca en un moño desordenado, ya no era de un negro intenso, tenía hilos de plata y manchas castañas más claras en la raya y en su nacimiento.

Estaba sentada en una silla de cocina, la pintada, con las manos cerradas entorno a la taza marrón de café y atisbaba entre las cortinas. Miraba hacia el garaje de chapa ondulada, donde el seto de espino había crecido hasta hacerse denso y estaba entretejido de hiedra. Junto a ella, sobre la mesa, estaba el trapo de cocina estriado, gris de suciedad. La pintura del marco de la ventana se resquebraja. Hoy no hay ningún policía fuera, ningún pastor alemán que tire de la correa, olisqueando y meneando el rabo. Entonces, habrán terminado con sus investigaciones, ¿no?

Miraba fijamente hacia la casa amarilla del otro lado de la calle. Los rosales tenían hojas de un verde nuevo, y los capullos se abrían, rojos contra la pared amarilla. La hija de los vecinos y su amiga pelirroja y regordeta jugaban, como de costumbre, en la cama elástica. Sus voces histéricas y agudas se colaban por la grieta de la ventana. Percibía sus destellos de color entre las ramas cubiertas de lilas azuladas, mientras saltaban arriba y abajo, arriba y abajo. Las niñas iban vestidas con vaqueros y camisetas cortas que enseñaban media tripa. ¿Por qué no se ocuparían los padres de hoy en día de que sus hijos fueran decentemente vestidos? ¿Y por qué estaban las niñas en casa en pleno día? ¿El colegio ya se había terminado por la llegada del verano, o tenían a los niños en casa por lo que había pasado con el chico la semana pasada?

Repentinamente, ese sonido volvía a estar allí. Vera Mattson mantuvo el café templado un momento en la boca antes de tragarlo. El irritante timbre de la furgoneta de los helados que se acercaba, mezclado con los gritos de las niñas. Pling, plong. Pling, plong. Pling, plong. Se hizo un silencio total.

La furgoneta de los helados pasaba todos los lunes, y siempre provocaba en ella la misma incontenible irritación. No sólo era que su ruido monótono causara un dolor casi físico, sino el revuelo que originaba. Gente que llegaba apresurada, gritos y ruidos. No le gustaban las interrupciones. Vera Mattson dejó la taza de café sobre la mesa con un pequeño estallido y bajó la vista hacia sus gruesos dedos. Las cosas podían cambiar en unos segundos.

La foto del chico desaparecido hacía una semana estaba por todas partes, en la televisión y en todos los periódicos. Cerró los ojos un instante y lo vio frente a ella, el pelo blanco y la boca medio abierta con sus paletos demasiado grandes. Ella era la última que lo había visto.

Se levantó, fue hasta la panera y la abrió. Sólo quedaban dos trozos de pan, tendría que salir corriendo a la tienda. Lo odiaba. El sobrepeso era un problema. No le gustaba encontrarse con gente. Todavía utilizaba el abrigo de invierno aunque fuera verano. En realidad no era tan grueso, más que nada estaba desgastado. Y llevaba calcetines con zapatos y la vieja bolsa de la compra de nylon.

La llamada de la furgoneta de los helados empezó otra vez. "Irá bien, estoy bien", se dijo a sí misma y se tapó las orejas con las manos. Salió al pequeño recibidor. Se quedó parada contemplando su rostro en el espejo de la pared. El plateado de la vieja superficie tenía manchas marrones. La cara que veía era tan inexpresiva y poco acogedora que deseó esquivar su propia mirada. No había cambiado mucho en los últimos diez años. Todo lo demás cambiaba, pero ella no.

Se lo repitió a los policías varias veces, que no quería verse implicada en nada. Pero no la habían dejado escapar. Habían insistido en que tenía que contar lo que supiera. Pero ella no sabía nada , había dicho. ¿Qué podía saber? ¿Qué se suponía que debía saber ella?

Explicó lo mismo una y otra vez, que había visto a los t

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