text.skipToContent text.skipToNavigation
background-image

Mala hostia von Maluenda, Luis Gutiérrez (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 01.03.2011
  • Verlag: Editorial Alrevés
eBook (ePUB)
6,99 €
inkl. gesetzl. MwSt.
Sofort per Download lieferbar

Online verfügbar

Mala hostia

Atila es el detective duro, machista, alcohólico y mujeriego, que vagabundea por el barrio del Raval de Barcelona, donde malvive resolviendo casos por "cuatro duros". Con una gran dosis de humor negro nos adentramos en la sordidez de los bajos fondos. Con una agudeza inusual Luis Gutiérrez Maluenda se presenta como uno de los grandes de la novela negra en lengua castellana. Después de dedicarse buena parte de su vida a ejercer de ejecutivo informático, Luis Gutiérrez Maluenda decide abandonar para escribir novelas de género negro. Su primera novela, Putas, Diamantes y Cante Jondo, fue finalista del premio Mejor Primera Novela de 2005 otorgado por la Asociación de Novela Negra y Policíaca Brigada 21. Otras de sus novelas son 806 Solo para adultos, finalista del premio Yoescribo.com, Música para los muertos (2007) y Una Anciana Obesa Tranquila (2009). Ha publicado también ensayos y cuentos en diferentes medios culturales, como las revistas El coloquio de los perros y Prótesis o el fanzine LH' Confidential; su cuento "Harlem" figura en la antología La Lista Negra que reúne a los nuevos valores de la novela policíaca española. Asimismo, su conferencia sobre la importancia del jazz y el blues en la novela negra, se incluye en el libro Geografías en Negro. Complementa su tiempo asistiendo como invitado a conferencias y mesas redondas en torno a su tema preferido, novela negra, jazz y blues.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 160
    Erscheinungsdatum: 01.03.2011
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788415098201
    Verlag: Editorial Alrevés
    Größe: 358 kBytes
Weiterlesen weniger lesen

Mala hostia

SEGUNDA PARTE

El dictamen del forense fue que Andreu Torcal se había suicidado. Parece ser que dio un paseo por el sótano del club de su propiedad, encontró una soga, la colgó de una viga resistente, subió a una silla plegable, se pasó la soga por el cuello y le dio una patada a la silla. Su peso hizo el resto.

Toda esa serie de acontecimientos que habían concluido con la vida de Andreu Torcal se habían producido hacía dos días. Durante esos dos días yo había estado gastando vanamente el dinero de la peruana, no tenía ánimos para afrontar otra cosa que no fuese mi propia miseria, y tenía remordimientos.

Bueno, en realidad lo que tenía era una resaca monumental.

Sea como fuere, algo en mi interior me decía que mi deber era hacer algo que justificase el dinero que gastaba.

Esa voz interior podía ser un resto de dignidad. Hace falta mucho alcohol para acabar con ella definitivamente. Tenía que escoger entre echar más alcohol en mi organismo o ponerme a trabajar. Me puse a trabajar. Me di un paseo por los cementerios de nuestra ciudad. Al tercer intento encontré el correspondiente a la fotografía de Galina. La entrada, con sus columnas de piedra, los pequeños parterres con sus defensas de hierro forjado, los cipreses al fondo. Era más que probable que la fotografía del panteón también correspondiese a aquel lugar.

Era el cementerio de Sant Andreu. Un barrio de Barcelona tan poco aconsejable como otro cualquiera para que te entierren.

No tuve demasiados problemas en encontrar la zona del cementerio que, presumiblemente, Galina había fotografiado.

Familia Tutusaus Margarit, familia Gómez Gumbau, otras familias, los ángeles, las flores, en fin, ya saben.

Ya tenía algo más.

Tenía un buen montón de basura y no sabía en dónde echarla.

Si a continuación fui al club de carretera, se debió más a mi desconcierto que a mi sagacidad. Al menos por allí las cosas se movían, algo podría contarle a Silvina en mi informe final, aunque en el capítulo de las conclusiones, dijese: "Paradero de Galina, ni puta idea".

El club estaba cerrado, así que tomé el camino trasero que conduce a la playa, en la arena, al menos, había siete chicas. Todas ellas rubias, todas en bikini, todas aprovechando que el sol de España tiene bastantes más vatios que el de Bielorrusia. Solo viendo su cuerpo desnudo, tuve dos escalofríos, el primero de frío, el segundo de deseo.

Con toda probabilidad la muerte de Andreu Torcal había provocado la suspensión de las actividades nocturnas de las chicas y no necesitaban dormir en las horas de sol.

La muñeca rubia, la que en mi última visita le trabajaba la oreja a Torcal en la barra, estaba sentada de cara al mar. Se mantenía ligeramente separada del grupo principal, tenía la barbilla apoyada en las rodillas y parecía hipnotizada por el perezoso movimiento de las olas. Me acerqué y me senté a su lado, apoyándome en los talones.

-Hola, quiero hablar contigo -le dije.

Me miró brevemente haciendo visera con su mano sobre los ojos y se levantó con un movimiento ostensible de rechazo, al tiempo que decía:

-Pero yo no quiero hablar contigo, no ahora, te veré, tengo tu tarjeta.

Habló en un tono de voz sofocado mientras todavía estaba de espaldas a sus compañeras. Tenía un acento cargado de consonantes que tropezaban a lo largo de su garganta, pero hablaba un castellano sorprendentemente correcto. Se marchó en dirección al grupo principal y les dirigió unas palabras con gesto de disgusto. Las otras chicas me miraron con curiosidad.

Me largué haciendo la misma ostentación de disgusto que había hecho ella hacía unos momentos, aquel era el juego que

Weiterlesen weniger lesen

Kundenbewertungen