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Viajes con una burra por los montes de Cévennes von Stevenson, Robert Louis (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 04.04.2015
  • Verlag: Baile del Sol
eBook (ePUB)
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Viajes con una burra por los montes de Cévennes

En 1878, Robert Louis Stevenson quiso huir de sus numerosos problemas -salud escasa, amores tormentosos, dificultades económicas-, emprendiendo un viaje a través de los montes Cévennes, en Francia, acompañado por Modestine, una burra algo especial.
Los apuntes que Stevenson recogió durante el viaje dieron origen a este libro, una entretenida descripción de los franceses y de su país.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 126
    Erscheinungsdatum: 04.04.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416320257
    Verlag: Baile del Sol
    Größe: 239 kBytes
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Viajes con una burra por los montes de Cévennes

El alto de Gevaudan

También allí el trayecto fue muy fatigoso por la suciedad y la pobreza. Sin que hubiera en todo el territorio ni siquiera una posada o casa avituallada donde refrescar al debilitado.

El progreso del peregrino
Un campamento en la oscuridad

Al día siguiente (martes 24 de septiembre) eran ya las dos de la tarde cuando terminé de escribir en mi diario y tuve la mochila preparada, pues estaba resuelto a llevarla para no tener en el futuro nada más que ver con cestas, y media hora después partí para Le Cheilard l'Eveque, un lugar en las márgenes del bosque de Mercoire. Me dijeron que un hombre andando podía llegar allí en hora y media; y pensé que no era demasiado ambicioso suponer que, aun con el impedimento de una burra, se pudiera cubrir la misma distancia en cuatro horas.

Durante todo el trayecto de subida por la extensa pendiente desde Langogne se alternaron la lluvia y el granizo. El aire continuaba refrescando gradualmente. Multitud de presurosas nubes -unas arrastrando cortinas de lluvia, otras espesas y luminosas como prometiendo nieve- aparecieron velozmente desde el norte y me siguieron por el camino. Pronto me hallé fuera de la cuenca cultivada del Allier, y lejos de los bueyes que araban y demás vistas de la zona. Ciénaga, brezal, marisma, tramos de roca y pinos, bosque de abedules enriquecidos por el amarillo otoñal, de vez en cuando unas casitas sencillas y unos campos inhóspitos, tales eran los elementos característicos de la región. Monte tras monte y valle tras valle, los pequeños senderos pedregosos verdes del ganado se entrecruzaban, se dividían, y acababan sucumbiendo en las depresiones pantanosas, para reaparecer esporádicamente en las laderas o bordeando un bosque.

No había una ruta directa a Cheylard, y no era asunto fácil abrirse camino por aquella región agreste y en aquel intermitente laberinto de senderos. Serían alrededor de las cuatro cuando di con Sagnerousse y proseguí la marcha celebrando contar con un seguro punto de partida. Dos horas después, en una tregua del viento, mientras iba anocheciendo rápidamente, emergí de un bosque de abetos por el que había estado deambulando para encontrar, no el pueblo que buscaba, sino otro terreno pantanoso entre abruptas colinas. Un rato antes había oído por delante de mí un sonido de cencerros, y ahora, al salir de los bordes del bosque, vi en las proximidades algo así como una docena de vacas y tal vez otras tantas siluetas oscuras que conjeturé eran de niños, aunque la bruma exageraba sus formas hasta hacerlas casi irreconocibles. Uno detrás de otro, giraban silenciosamente en círculo, ora tomados de la mano, ora rompiendo la cadena con reverencias. Una danza infantil invoca pensamientos muy inocentes y animados, pero a la caída de la noche en la marisma la cosa resultaba algo misteriosa y extravagante de ver. Hasta yo, que estoy bastante al día en Herbert Spencer, sentí por un momento posarse sobre mi mente una especie de silencio. Lo siguiente fue azuzar a Modestina y conducirla por campo abierto como a una nave difícil de controlar. Recorriendo un sendero, ella avanzaba obstinadamente por su cuenta, pero una vez sobre la hierba o en un brezal, el animal enloquecía. La tendencia del viajero perdido a andar en círculos estaba desarrollada al máximo en Modestina, y hube de acudir a toda mi capacidad de conducción para mantener por lo menos un curso decentemente recto.

Mientras yo iba así dando bordadas desesperadamente por el tremedal, infantes y ganado comenzaron a dispersarse, hasta que sólo quedaron atrás un par de niñas. A ellas les pedí que me orientaran. Los campesinos en general se mostraban escasamente dispuestos a dar consejo a un caminante. Hubo un viejo que al acercarme yo, simplemente se encerró en su casa, e hizo oídos sordos a mis golpes a su puerta y a mis gritos. Otro, después de indicarme una dirección que, según supe después, entendí mal,

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