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Aquel Diluvio de Otoño Dos son los combates que se libran, uno entre Bruno Broa y el demoledor Ñato Pólvora Herrera; el otro, el más duro de todos, el que librará Orestes Lagoa contra una infancia fallida, las pérdidas y el miedo a los lazos afectivos. von Caamaño, Carlos Andrade (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 01.01.2010
  • Verlag: Nowtilus - Tombooktu
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Aquel Diluvio de Otoño

Un combate de boxeo, una pequeña aldea gallega, unos tertulianos que comentan la vida de un niño y un relato en que la miseria y la pérdida dejarán unas cicatrices eternas. En el mítico Madison Square Garden se disputa el combate por el título mundial de peso ligero, el terrible Ñato 'Pólvora' Herrera, un púgil de pegada criminal, se enfrenta con Bruno Broa, un boxeador elegante y delicado, comprometido con las clases desfavorecidas y que lee poesía en los descansos de los entrenamientos. El combate sirve de contrapunto en Aquel diluvio de otoño a la historia de Orestes Lagoa, un niño que vive en la aldea gallega de Nublos y cuya vida le dejará unas marcas indelebles. Construye magistralmente Carlos Andrade la historia de la familia Lagoa, una familia marcada por la muerte, la pérdida y la miseria, en un pueblo, Nublos, hecho a la medida de la historia y que nos traslada las injusticias del franquismo, la magia de la infancia, pero también el dolor de vivir, perfectamente. La lucha por el campeonato mundial de los pesos ligeros y la lucha por redimir el pasado se mezclan en esta historia donde el protagonista dialoga a puñetazos con su infancia con la lluvia perpetua como telón de fondo. Razones para comprar la obra: - Mantiene, en contrapunto de la historia, la tensión de un combate de boxeo que sirve como perfecta metáfora de la pérdida afectiva y la lucha que exige toda vida. - Muestra de un modo claro la banalidad de las heridas físicas en comparación con las heridas psicológicas. - La estructura de la novela facilita la lectura y sirve para contener la poética desbordante que plasma la historia principal. - La aldea de Nublos, con su fondo de lluvia, sirve como un magnífico escenario en el que los personajes se desarrollan, y construyen la narración, con total libertad.

Es un luchador nato. Nace el 23 de mayo de 1957 en la aldea Artes (Carballo), La Coruña. Su infancia se vio marcada por la muerte de su madre tras una larga enfermedad. Las duras circunstancias de la época le llevan a trabajar desde niño, lo que no le impide devorar cada libro que cae en sus manos. Se hace radiólogo industrial hasta que en 1973 sufre un accidente manejando energía nuclear que le imposibilita seguir ejerciendo y le dirige hacia la comunicación publicitaria. Sin duda, los libros le ayudaron a superar esta etapa crítica. Hoy es presidente de una importante agencia de publicidad, Andrade y asociados. Aquel diluvio de otoño es su primera novela publicada.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 384
    Erscheinungsdatum: 01.01.2010
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788497634595
    Verlag: Nowtilus - Tombooktu
    Größe: 864 kBytes
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Aquel Diluvio de Otoño


II

Empujaba con fuerza para subir la cuesta empedrada de la calle del Caracol. Tenía que entregar un telegrama en casa de los Lagoa y aún no había hecho la visita obligada al cuartelillo: los pies clavados en el suelo, una mano en el sillín, la otra aferrada al manillar de la bicicleta Orbea, y un emboquillado colgando de los labios: el ojo izquierdo lo llevaba guiñado, para evitar el humo, y el telegrama sin entregar, me cago en mis mulas.

Efectivamente, el día de navidad se había muerto el padre de Milagros Lagoa. Vaya fecha para diñarla, coño. Desde aquel día andaba el cartero con el telegrama encima: una lluvia que lo obturaba todo no había dejado de caer desde el entierro y el tres en uno pensaba que tal vez fuese aquella cortina de agua la que lo dejaba sin ánimo, (no quería ser Liborio el anunciador de otro disgusto), para cumplir con su obligación. Escupió la colilla y la ceniza se le pegó en el tabardo que llevaba una franja negra cosida en la manga por el fallecimiento de su madre.

-Ya estarás contento, primero mataste a tu padre, y ahora me entierras a mí en lo mejor de la vida, malvado -le espetó la vieja de ciento tres años, el día que el Garbanzo fue para darle la extremaunción. Luego de un manotazo le apartó la cara-. Anda déjate de besuqueos, que ahora ya no tendrás que esconderte para vestirte mis refajos.

Aún tardaría la longeva tres años más en morir, y en la taberna a nadie extrañó que Liborio se hubiese querido suicidar el día que se le encasquilló el arma.

-Anda, coño loco, que no vales ni para suicidarte -le reprendió la anciana después de unas tremendas hostias.

Las ruedas aplastadas por las alforjas a cada lado, y una saca en el cuadro, la puta que la parió cómo pesaba. Clavaba la puntera de los zapatones en la cuesta embarrizada. A la altura de la fuente de los quinces caños, saludó al capador, Qué hubo, Cheo. Saludó al capador, y este respondió que poco negocio, Liborio, poco negocio. Pues córtate tus las pelotas, a mí qué cojones me cuentas, farfulló por lo bajo, y se paró a tomar aliento. Levantó la cabeza. Unas nubes como alazanes trotaban por el cielo a toda hostia: debía de darse prisa o las cartas de los emigrantes corrían el riesgo de empaparse, y el maldito telegrama sin entregar, hay que joderse pensaba cuando tronó la estampida celestial. Continuó:

-Buenos días, don Plácido -saludó al agente municipal ataviado de uniforme blanco, que guiaba con los dedos las puntas de los bigotes, bajo un capote acharolado. El agente dijo que así serían, si no fuese porque llovía y además era día de feria.

Un ruido espantoso abrió centellas en el cielo, en esta puta provincia, el día menos pensado reventaría el cielo. Avivó el ritmo. Al timbre de la oxidada bicicleta parecía que le había dado un ataque de histeria: viejas con gallinas atadas de patas, conejos bocabajo, se cruzaban delante para ponerse a cubierto, y Liborio, maldita su estampa, ¿por qué no habría entregado el telegrama si era su deber? Empujó enfurecido para llegar a la estación. Llegado al trolebús, entregó las sacas al jefe de taquillas, recogió el recibo y se quedó con las de Carballo y Nublos para repartir:

-¿Tienes algo para mí? -le preguntó Maruja la loca, y él lo mismo de siempre, la apartó y le dijo ande entre en casa, no la vaya a pillar un coche, que quién coño le iba a escribir a usted.

Dejó a la loca hablando sola y aligerado pedaleó hasta el paseo de la alameda. Aparcó la bicicleta y se metió debajo de los soportales a fumarse un cigarro tranquilamente. Un beodo vino a importunarle.

-Afortunado yo que veré a dios dos veces doble.

-Cállate la boca -le advirtió al borracho-, y no me toques los cojones.

Siguió fumando y vio que salía de la librería San Ramón la figura elegante y aristocrática de Manuel. Él no es malo, es la foca negra de la cubana. Miró en ambas direcciones y cuando estuvo seguro

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