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Cuando la tierra se vuelve de plata von Wong, Alison (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 02.06.2011
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)

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Cuando la tierra se vuelve de plata

¿Qué pasaría si el amor de tu vida estuviera también predestinado a destruirla?A comienzos del siglo XX, en Nueva Zelanda, numerosos inmigrantes se establecieron en el bullicioso barrio chino de Wellington, donde los hermanos Yung y Shun se ganan la vida para poder mantener a sus familiares en China. Todos deben adaptarse si quieren sobrevivir y prosperar en su nuevo lugar adoptivo. Mientras, en la otra parte de la ciudad, Katherine McKechnie lucha por criar a sus hijos tras la muerte de su esposo Donald, un estridente periodista ultraconservador, idolatrado por su rebelde hijo adolescente Robbie y que tenía aterrorizada a toda la familia. Cuando Katherine conoce a Yung, se siente conmovida por su generosidad. Pronto inician una relación clandestina que Robbie no puede soportar. En vísperas de la I Guerra Mundial, mientras miles de jóvenes son arrastrados por una oleada de patriotismo, Robbie se apropia del honor de la familia. Y al hacerlo, coloca a su madre en el corazón de una tragedia que afectará a todos y a todo lo que resulta querido para ella...

Alison Wong (Hawkes Bay, 1960) nació y creció en Nueva Zelanda, en una familia de origen chino cuyos antepasados llegaron a finales del siglo XIX desde la provincia de Cantón. Estudió Matemáticas y Escritura creativa en la universidad neozelandesa Victoria, en Wellington. Vivió varios años en China y trabajó como analista en el ámbito de las tecnologías de la información. Actualmente reside en Geelong, Victoria (Australia), aunque viaja con regularidad a Nueva Zelanda. En el ámbito literario, Alison Wong ya era conocida como poeta.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 372
    Erscheinungsdatum: 02.06.2011
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788498416046
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 609 kBytes
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Cuando la tierra se vuelve de plata

Tierra de maoríes

En ocasiones, bajo el peso, bajo la forma de las expectativas de su hermano, Yung se sentía muerto de cansancio.

Se quedó frente a las tinas de lavar, fuera, detrás de la tienda, y se miró fijamente las manos manchadas de rojo. Sacó del agua la última remolacha, hundió el cuchillo con rapidez, una, dos veces; miró cómo las hojas, con sus finos tallos rojos, el largo extremo de la raíz, delgado como la cola de una rata mojada, caían en el cajón de madera. Después lanzó la remolacha recortada sobre las demás, llevó el bol esmaltado al lavadero y lo volcó encima de la masa rojo púrpura en el caldero para lavar. El agua tardaría media hora en hervir, y después una hora más, hasta que gusanos, escarabajos y arañas decoloradas flotasen lentamente en la superficie del agua roja y sucia.

Regresó y limpió las tinas, volcó medio saco de zanahorias, las cubrió con agua, sacó la escobilla y la empujó abajo y arriba sobre las verduras, barriendo, haciendo que diesen volteretas para limpiarlas en el líquido cada vez más turbio. Pudo sentir cómo se le formaba una capa de sudor en la frente, la humedad de su camiseta blanca, su camisa, bajo los brazos. Dejó de agarrar la escobilla con tanta fuerza, relajó los brazos un momento, después volvió a moverla hacia abajo. Antes tenía las manos delicadas, manos que sólo conocían el pincel del calígrafo, el sonido rechinante de la barrita de tinta al tocar el agua. Todavía las tenía suaves, pálidas, no agrietadas y morenas como las de su hermano mayor, pero ahora se le habían formado callos en las palmas, en las almohadillas carnosas bajo los dedos. Se acordó de la primera vez que hizo esto, el rítmico movimiento de empujar y tirar, madera y cepillo, el escozor en su piel al frotar, replegándose sobre sí misma.

Quitó los tapones, observó cómo el agua en movimiento, siendo arrastrada, retrocedía mientras las cañerías se vaciaban sobre la plataforma de cemento. Cogió las zanahorias limpias, las dejó caer en una cesta de bambú, volcó en las tinas las que quedaban en el saco y volvió a llenarlas de agua. ¿Cuántos años llevaba aquí cociendo remolacha, lavando zanahorias y recortando repollos y coliflores? ¿Ocho? ¿Nueve? Casi diez años.

De pie en la cubierta del Wakatipu , mientras se abría paso en el puerto, le impresionó el paisaje. Arcilla grisácea y roca donde los seres humanos habían logrado afianzarse. Donde habían tratado de anclarse, con sus chozas de madera y caminos de macadán desde las tierras antárticas del sur. Colinas densas con arbustos y follaje encrespado que caen sobre las bahías. Barcos cargados de carbón o troncos desde la costa oeste, o cargamentos de personas desde Sydney. Wellington: una ciudad hecha de madera, polvo, viento.

Shun Goh le contó que el gweilo le dio a esta tierra un nombre extraño, místico. El nombre de la gente de piel morena, la gente de esta tierra. Dijo que los maoríes estaban muriendo. En cincuenta años habrían acabado con ellos, del mismo modo en que un pañuelo blanco limpia el sudor de la cara. Se convertirían en una historia que pasa de madres a hijos, como los pájaros gigantes de los que habían oído hablar. Pájaros temibles que no podían volar. Moa , decía la gente, como un lamento... Maorí ... su ausencia, una desolación.

En aquellos primeros años Yung pensaba estar viendo a un maorí, pero el hombre que vendía conejos puerta a puerta resultó ser asirio. Y el que vendía verduras era hindú. Toda la gente de piel morena era eso... asiria o hindú... la gente que vivía en Haining Street.

Durante meses, años, vio maoríes, de estatus y aspecto tan variado como los gweilo . Cuando el Duque y la Duquesa gweilo vinieron de visita, los Tongyan adornaron un arco enorme con banderas, frente a la tienda de Chow Fong, en Manners Street. "Ciudadanos Chinos. Bienvenidos", podía leerse. Todo el mundo se puso e

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