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Cuentos completos von Eça de Queiroz, José M. (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 01.09.2016
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Cuentos completos

'Eça de Queirós es superior, incluso, a mi amado maestro Flaubert'. ÉMILE ZOLALos cuentos aquí reunidos, que incluyen muchos hasta ahora incompletos o dispersos en distintas publicaciones, son una prueba más que evidente de la versatilidad temática de su autor, dotado de un estilo único y de un universo narrativo plural que, en palabras de João de Melo, han hecho que 'el nombre de Eça de Queirós no sea tan solo garantía de un talento que lo convirtió en el más grande escritor portugués de todos los tiempos, sino de algo todavía más infrecuente: de un creador por excelencia, de un demiurgo satánico y divino. Y de un genio'.

José Maria Eça de Queirós (Póvoa de Varzim, Portugal, 1845-Neuilly, París, 1900), creador de un 'estilo' único y de un universo narrativo plural, fue autor de novelas magistrales como El primo Basilio, La ciudad y las sierras, Los Maia o La ilustre casa de Ramires y de su pluma salieron también algunos de los mejores cuentos portugueses. Debido a su carrera diplomática, vivió en Cuba e Inglaterra y, en 1889, fue nombrado cónsul de Portugal en París, donde murió.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 384
    Erscheinungsdatum: 01.09.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416749942
    Verlag: Ediciones Siruela
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Cuentos completos

Excentricidades de una chica rubia

I

Empezó diciéndome que su caso era sencillo y que se llamaba Macario...

Debo contar que conocí a este hombre en una fonda del Minho. Era alto y gordo: tenía una calva llamativa, reluciente y lisa, con guedejas blancas que se le erizaban alrededor, y sus ojos negros, cercados por una piel arrugada y amarillenta y ojeras papudas, tenían una singular claridad y rectitud, por detrás de sus gafas redondas con aros de carey. Tenía la barba afeitada, el mentón saliente y resuelto. Llevaba una corbata de raso negro sujeta por detrás con una hebilla; una chaqueta larga de color piñón, con mangas estrechas y justas y encañonados de velludillo. Y por la larga abertura de su chaleco de seda, en el que relucía una cadena antigua, sobresalían los pliegues blandos de una camisa bordada.

Esto era en septiembre: ya las noches llegaban más temprano, con una frialdad fina y seca y una oscuridad aparatosa. Yo había bajado de la diligencia, fatigado, hambriento, tiritando bajo una gruesa manta de listas encarnadas.

Venía de atravesar la sierra y sus lugares pardos y desiertos. Eran las ocho de la noche. Los cielos estaban cargados y sucios. Y, ya fuese por un cierto embotamiento cerebral producido por el rodar monótono de la diligencia, ya por la debilidad nerviosa de la fatiga, o la in uencia del paisaje escarpado y árido, bajo el cóncavo silencio nocturno, o la opresión de la electricidad que llenaba las alturas, el caso es que yo -que soy naturalmente positivo y realista- había venido tiranizado por la imaginación y por las quimeras. Existe en el fondo de cada uno de nosotros, es cierto -por fríamente educados que estemos-, un resto de misticismo; y basta a veces un paisaje soturno, el viejo muro de un cementerio, un yermo ascético, las emolientes blancuras de un claro de luna, para que ese fondo místico ascienda, se explaye como una niebla espesa, llene el alma, los sentidos y la idea, y quede así el más matemático, o el más crítico, tan triste, tan visionario, tan idealista, como un viejo monje poeta. A mí, lo que me había lanzado a la quimera y al sueño había sido el aspecto del monasterio de Rostelo, que había visto, con la claridad suave y otoñal de la tarde, en su dulce colina. Entonces, mientras anochecía, la diligencia rodaba incansable al trote cansino de sus acos caballos blancos, y el cochero, con la capucha del gabán enterrada en su cabeza, rumiaba su cachimba, me puse, elegíaca, ridículamente, a considerar la esterilidad de la vida: y deseaba ser un monje, estar en un convento, tranquilo, entre arboledas, o en la rumorosa concavidad de un valle, y, mientras el agua de la cerca canta sonoramente en las bacías de piedra, leer la Imitación , y, oyendo a los ruiseñores en los lauredales, sentir saudades del cielo. No se puede ser más estúpido. Pero yo estaba así, y atribuyo a esta disposición visionaria la falta de espíritu, la sensación que me causó la historia de aquel hombre de los encañonados de velludillo.

Mi curiosidad empezó durante la cena, cuando yo deshacía la pechuga de una gallina ahogada en arroz blanco, con rodajas encarnadas de longaniza, y la criada, una gorda llena de pecas, hacía espumar el vino verde en el vaso, haciéndolo caer desde lo alto de una jarra vidriada.

El hombre estaba frente a mí, comiendo tranquilamente su jalea; le pregunté, con la boca llena y mi servilleta de lino de Guimarães colgando en los dedos, si era de Vila Real.

-Vivo allí desde hace muchos años -me dijo.

-Tierra de mujeres guapas, según me consta -dije yo.

El hombre se quedó callado.

-¿No? -repliqué.

El hombre se retrajo con un llamativo silencio. Hasta entonces había estado alegre, riéndose a gusto, locuaz y bonachón. Pero entonces inmovilizó su sonrisa fina.

Comprendí que había rozado la carne viva de un recuerdo.

Había seguramente en el destino de aquel viejo u

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