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Días de lluvia von Junco, Luis (eBook)

  • Erschienen: 14.09.2015
  • Verlag: Baile del Sol
eBook (ePUB)
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Días de lluvia

En el año 1974, al final de la dictadura de Franco, Marcial Buenaventura, un humilde profesor de un instituto de Madrid, desarrolla una extraña y revolucionaria teoría: los sentimientos humanos pueden influir de manera determinante en el clima. Después de un largo periodo de sequía, la llegada de unos días de lluvia no solo vienen a demostrar la teoría de Marcial, sino que al tiempo que anuncian el final del régimen franquista, llevan al protagonista al descubrimiento de su oscuro pasado y a un sentimiento amoroso que antes no había conocido. Amalgamado el devenir humano, de esta original manera, en el habitual ciclo del agua, la narración durante esos días que dura la lluvia es también un breve pero denso repaso de nuestra guerra civil, los años de posguerra y el especial clima de esperanza colectiva que se vivió en los últimos años de la dictadura.

Produktinformationen

    Größe: 266kBytes
    Herausgeber: Baile del Sol
    Sprache: Spanisch
    Seitenanzahl: 96
    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Unterstützte Lesegerätegruppen: PC/MAC/eReader/Tablet
    ISBN: 9788416320349
    Erschienen: 14.09.2015
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Días de lluvia

2

El trayecto en el metro y las tres primeras clases en el instituto en que impartía Física a alumnos de bachillerato trascurrieron para Marcial Buenaventura como el que disfruta de un agradable sueño y se resiste a despertar.

Llevando consigo un agua que se le escurría en reguerillos por la cara hasta la comisura de los labios y en surcos más profundos a través del impermeable hasta el bolsillo izquierdo donde metía la mano, arrastró la lluvia del cielo de Madrid a las profundidades del suburbano. Y ya en el vagón que lo transportaba, en varias ocasiones sacó del bolsillo el pasquín humedecido que había guardado al rescatar la maletita de plástico de la bella aparecida adonde se había adherido. Se trataba de un panfleto que alertaba a los madrileños contra el aperturismo político que el último presidente del gobierno de Franco había defendido en Las Cortes hacía unos días. Pero en aquellas palabras desleídas por el agua de la lluvia Marcial buscaba descifrar los misterios de una aparición.

Y durante las dos primeras clases, hubo momentos que pasó ausente entre signos vectoriales y trayectorias por él mismo dibujados en el encerado y otros ensimismado en la precipitada filigrana del agua en el cristal de la ventana, como un cabalista en el objeto de su interpretación. Ya acostumbrados a sus excentricidades, sus alumnos se habían limitado a intercambiar sonrisas condescendientes y resignadas.

Fue al final de la tercera clase cuando fue abordado en el pasillo por Samuel Olmos, un estudiante del COU que no perdía ocasión de hacer a Marcial confidencia de sus curiosidades e inquietudes.

Buenos días, don Marcial, le saludó un tanto sofocado por la carrera por el pasillo para darle alcance. Y felicidades.

Hola, Samuel, buenos días. ¿Y felicidades, por qué?

Por la lluvia, naturalmente. Todo el mundo sabe que usted la pronosticó para este mes de febrero y aquí la tenemos. Estará satisfecho, ¿no?

Es usted la primera persona que me felicita, Samuel, gracias. Bueno, la segunda en realidad. Se lo agradezco, de verdad. Y no, aún no estoy satisfecho; una teoría científica requiere una mayor exactitud y un margen mucho menor a la probabilidad. La mía todavía está lejos de eso, pero aprecio mucho su confianza, ya lo sabe usted.

Porque se lo merece usted, don Marcial, a pesar de... Se calló, azorado.

No se apure, Samuel, soy consciente de las burlas que despiertan mis teorías y ya llevo mucho tiempo que las soporto con estoicismo.

Samuel Olmos cambió de mano los dos gruesos libros que llevaba, y como solía hacer cuando hacía una nueva confidencia a Marcial, se puso a hurgar con los dedos de la mano derecha el pelo enredado e hirsuto de encima de la patilla del mismo lado, al tiempo que abría aún más los ojos en un rostro de un bermellón subido.

Sabe, don Marcial, ayer mismo fui a visitar a mi abuela Eudora, y estuvimos hablando de usted.

¿La del asilo?

Bueno, no es un asilo, sino un manicomio, vamos a decirlo con franqueza. Mi padre decidió ingresarla allí porque según mi madre la abuela Eudora está loca. Pero sabe Dios que eso no es cierto. No niego que tiene sus rarezas y que puede pasarse días enteros sin decir una palabra y con la vista puesta en el más allá, pero no es razón para declararla loca.

¿Y por qué hablaron de mi persona?

Pues porque cuando fui a visitarla ayer tarde, en lugar de la habitual pasividad, me recibió presa de una rara agitación. Con los brazos como sarmientos levantados a la altura de la cara, garabateaba frenéticamente en el aire con los dedos deformados por la artritis.

Por Dios, abuela, qué le ocurre, le pregunté poniéndome delante y tratando de sujetarle los brazos. Pero ella se debatía tratando de apartarme y deshacerse de mis manos, al tiempo que murmujeaba sin cesar algo que al principio no pude comprender y que sólo cuando pude calmar su ansiedad me pareció entender

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