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El conde de montecristo von Dumas, Alexandre, d. Ält. (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 29.06.2015
  • Verlag: Booklassic
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El conde de montecristo

Novela de aventuras que tiene lugar en Francia, Italia y varias islas del Mediterráneo entre 1814 y 1838. La historia esta basada en las memorias de Jacques Peuchet, quien escribió sobre un zapatero llamado François Picaud.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 864
    Erscheinungsdatum: 29.06.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9789635262885
    Verlag: Booklassic
    Größe: 1410kBytes
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El conde de montecristo

Capítulo 2 El padre y el hijo

Y dejando que Danglars diera rienda suelta a su odio inventando alguna calumnia contra su camarada, sigamos a Dantés, que después de haber recorrido la Cannebière en toda su longitud, se dirigió a la calle de Noailles, entró en una casita situada al lado izquierdo de las alamedas de Meillán, subió de prisa los cuatro tramos de una escalera oscurísima, y comprimiendo con una mano los latidos de su corazón se detuvo delante de una puerta entreabierta que dejaba ver hasta el fondo de aquella estancia; allí era donde vivía el padre de Dantés.

La noticia de la arribada de El Faraón no había llegado aún hasta el anciano, que encaramado en una silla, se ocupaba en clavar estacas con mano temblorosa para unas capuchinas y enredaderas que trepaban hasta la ventana.

De pronto sintió que le abrazaban por la espalda, y oyó una voz que exclamaba:

-¡Padre! ... , ¡padre mío!

El anciano, dando un grito, volvió la cabeza; pero al ver a su hijo se dejó caer en sus brazos pálido y tembloroso.

-¿Qué tienes, padre? -exclamó el joven lleno de inquietud-. ¿Te encuentras mal?

-No, no, querido Edmundo, hijo mío, hijo de mi alma, no; pero no lo esperaba, y la alegría... la alegría de verte así... , tan de repente... ¡Dios mío!, me parece que voy a morir...

-Cálmate, padre: yo soy, no lo dudes; entré sin prepararte, porque dicen que la alegría no mata. Ea, sonríe, y no me mires con esos ojos tan asustados. Ya me tienes de vuelta y vamos a ser felices.

-¡Ah!, ¿conque es verdad? -replicó el anciano-: ¿conque vamos a ser muy felices? ¿Conque no me dejarás otra vez? Cuéntamelo todo.

-Dios me perdone -dijo el joven-, si me alegro de una desgracia que ha llenado de luto a una familia, pues el mismo Dios sabe que nunca anhelé esta clase de felicidad; pero sucedió, y confieso que no lo lamento. El capitán Leclerc ha muerto, y es probable que, con la protección del señor Morrel, ocupe yo su plaza... ¡Capitán a los veinte años, con cien luises de sueldo y una parte en las ganancias! ¿No es mucho más de lo que podía esperar yo, un pobre marinero?

-Sí, hijo mío, sí -dijo el anciano-, ¡eso es una gran felicidad!

-Así pues, quiero, padre, que del primer dinero que gane alquiles una casa con jardín, para que puedas plantar tus propias enredaderas y tus capuchinas... , pero ¿qué tienes, padre? parece que te encuentras mal.

-No, no, hijo mío, no es nada.

Las fuerzas faltaron al anciano, que cayó hacia atrás.

-Vamos, vamos -dijo el joven-, un vaso de vino te reanimará. ¿Dónde lo tienes?

-No, gracias, no tengo necesidad de nada -dijo el anciano procurando detener a su hijo.

-Sí, padre, sí, es necesario; dime dónde está.

Y abrió dos o tres armarios.

-No te molestes -dijo el anciano-, no hay vino en casa.

-¡Cómo! ¿No tienes vino? -exclamó Dantés palideciendo a su vez y mirando alternativamente las mejillas flacas y descarnadas del viejo-. ¿Y por qué no tienes? ¿Por ventura te ha hecho falta dinero, padre mío?

-Nada me ha hecho falta, pues ya te veo -dijo el anciano.

-No obstante -replicó Dantés limpiándose el sudor que corría por su frente-, yo le dejé doscientos francos... hace tres meses, al partir.

-Sí, sí, Edmundo, es verdad. Pero olvidaste cierta deudilla que tenías con nuestro vecino Caderousse; me lo recordó, diciéndome que si no se la pagaba iría a casa del señor Morrel... y yo, temiendo que esto te perjudicase, ¿qué debía hacer? Le pagué.

-Pero eran ciento cuarenta francos los que yo debía a Caderousse... -exclamó Dantés-. ¿Se los pagaste de los doscientos que yo te dejé?

El anciano hizo un movimiento afirmativo con la cabeza.

-De modo que has vivido tres meses con sesenta francos... -murmuró el joven.

-Ya sabes que con poco me basta -dijo su padre.

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