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El mundo tras el cristal azul von Vinuesa, Jaime Arroyo (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 26.09.2016
  • Verlag: Editorial Amarante
eBook (ePUB)
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El mundo tras el cristal azul

La búsqueda de un cristal azul con propiedades extraordinarias ha sido el secreto mejor guardado entre los anticuarios más prestigiosos del mundo, pero no sólo ellos han investigado sobre él sin descanso, también lo hicieron los gobiernos y los grandes imperios que florecieron a lo largo de la historia. Todos ellos han tratado de ocultar su existencia, pero por fin en este libro sale a la luz el pasado y presente más oscuro de este vidrio tan singular. Un cristal que todos quieren poseer pero que nadie parece haber visto nunca. Aparecen referencias en torno al Cristal Azul en el antiguo Egipto del faraón Shepseskaf, en la Francia de Napoleón Bonaparte, en la Alemania Nazi, en la España franquista y en otras tantas naciones, así como en instituciones y empresas privadas. Ángel, el protagonista y relator de la historia, es un chico introvertido e inteligente que se ha criado entre los anticuarios que regentan los comercios del Mercadillo de Tetuán, en Madrid. Una tarde Ángel ayuda a un vecino, ya anciano y muy insociable, a llegar a su domicilio. Aquel hombre le invita a entrar en su extraña casa. A partir de aquel momento grandes sorpresas esperan al protagonista.

Jaime Arroyo Vinuesa El Arenal (Ávila), 1964 Escritor y funcionario de la Administración General del Estado, en la actualidad reside en Madrid. Es autor de las novelas: 'Los relatos de Naide' (2007) y 'Yo Hatón. El último asgardiano' (2010). Está incluido en varias antologías de relatos, y asiduo colaborador en blogs y revistas digitales.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 370
    Erscheinungsdatum: 26.09.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788494518362
    Verlag: Editorial Amarante
    Größe: 915 kBytes
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El mundo tras el cristal azul

2

Era viernes, veintisiete de noviembre de 1999. Ya había pasado casi un año y medio desde la tarde en que oí aquellas cosas tan extrañas sobre don Raimundo.

Por aquel tiempo tenía diecisiete años, pues nací en el mes de septiembre, y aquello de pararme durante mis paseos en el bar El Sol, a tomar café, se había convertido en una agradable costumbre; lo que me llevó, en más de una ocasión, a intercambiar algunas palabras con don Raimundo. Sin embargo, no podía ni imaginarme que esa misma tarde de viernes, aquel hombre me mostraría algo tan increíble, que haría que mi vida tomase un rumbo nuevo. Todo comenzó cuando don Raimundo se dirigió a mí:

-¡Chico, chico, ven!

En ese instante estaba a punto de marcharme: ya había tomado café, eran las cuatro y media de la tarde y, sobre todo, al ser viernes tenía que prepararme para salir por la noche. Sin embargo, di media vuelta, me acerqué a él, y antes de poderle contestar, me habló de nuevo con un tono mucho más sosegado:

-Por favor, chico, ayúdame a llegar a casa, no me encuentro muy bien.

No le negué el favor: puse mi brazo derecho bajo el suyo izquierdo, para que así cargara su peso sobre mí y pudiera levantarse poco a poco... Al ponerse en pié entendí que no era por la edad por lo que solicitaba mi ayuda, sino que más bien era por el anís que había tomado; su aliento le delataba. Una vez en pie, colocó la mano derecha sobre el ala de su sombrero y le gritó al camarero:

-¡Antonio, ¿le debo algo?!

-¡No, don Raimundo, ya ha pagado usted...! Aproveche y que el chico le acompañe a casa. Hoy hace mucho frío.

-Así lo haré -contesté.

En ese momento comprendí, por la cara de preocupación y sorpresa que me mostró Antonio, que quizá debía de ser la segunda o la tercera vez que se embriagaba don Raimundo. La verdad es que, al menos yo, nunca le había visto en ese estado.

Pocos minutos después ambos salíamos del bar y, bajo el cielo nublado, comenzamos a caminar silenciosos por la calle del Sorgo. Continuamos por la concurrida calle del Capitán Blanco Argibay. Bajamos por la del Cantueso, y después giramos a la izquierda por la de Soto Yoldi: una calle muy pequeña y sin salida, donde vivía don Raimundo, en el número 2. Nos detuvimos a unos cincuenta metros de su casa, y entonces él me habló por primera vez, pues no había abierto su boca desde que salimos del bar. Comenzó diciéndome en voz baja:

-Eres un buen muchacho, te lo digo yo...

-Gracias don Raimundo. No me cuesta nada acompañarle.

Me miró fijamente con sus ojos oscuros, y continuó hablando:

-Siempre que estás en el bar El Sol, y el camarero está ocupado, me acercas tú el café hasta mi mesa porque sabes que me muevo con dificultad. Nunca me ha hecho falta pedirte que lo hagas, y sin embargo siempre lo has hecho... Eres un buen chico -la verdad es que aquello de que yo le acercaba el café era cierto; aunque ya era algo que hacía sin darme apenas cuenta.

-Eso lo hará también otra gente cuando yo no esté -contesté.

-No te creas, unos sí y otros no, pero algunos me ponen mala cara -tiró de mi brazo para que me acercara más a él-. Los vecinos creen que son mucho mejores que yo porque soy muy viejo y vivo solo ¡Bah!, qué sabrán ellos -limpió la saliva de su barbilla-. Tengo algo oculto en mi casa que... -rió- Es una mujer, la más bella que hayas visto nunca. Venía escondida en un ánfora de bronce que le compré, por unas pocas monedas, a un anticuario magrebí de la calle del Marqués de Viana, en el año 1950. Lo más asombroso es que aquel pobre hombre siguió regentando su pequeño puesto de mercadillo, cada domingo, hasta que murió, y se fue de este mundo sin ni siquiera intuir que lo me había vendido era más valioso que todas las antiguallas de la Tierra juntas.

-Para quienes no lo sepan, el Mercadillo de Tetuán desde sus inicios, sobre 1940, recorría toda la calle del Marqués de

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