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El ojo de la serpiente von Parra, Carme García i (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 22.02.2016
  • Verlag: Editorial Amarante
eBook (ePUB)
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El ojo de la serpiente

Novela negra narrada en primera persona que trata de la evolución vital de Blanca, la protagonista. Se localiza en la actualidad en Barcelona, Tolosa, Finlandia y San Petersburgo y el contexto histórico hace referencia a la época anterior a la revolución rusa y a la guerra civil española. Blanca es una mujer de vida convencional que tras la muerte de Olga, su madre, encuentra entre sus documentos la escritura de propiedad de una casa y de un bosque en Finlandia del que nadie sabía nada. Tras comprobar la veracidad de los documentos y descubrir que ella viajaba frecuentemente a Turku decide ir hasta el lugar para averiguar la verdadera historia de su madre. Carme García i Parra Médico de profesión con ejercicio en Barcelona. Codirigió la 'Revista Médico Homeopática de Barcelona' del año 1989 al 1999. Ha estudiado Narrativa en la Escola d' Escriptura del Ateneo Barcelonés del año 2006 al 2010. Es integrante desde el año 2009 del grupo literario 'Los Margaritos' (www.lilylahijadelencargado.wordpress.com) Primer premio de Narrativa 2007 de la Asociación de Colegios de Médicos de Cataluña. Primer premio de Narrativa 2011 de la Asociación de Colegios de Médicos de Cataluña. Finalista del Concurso de microrrelatos en català del Ateneo Barcelonés. Finalista del Concurso Cosecha Eñe 2011. Es autora de 'Os espero en casa' (Antología de Cuentos), 'Voces en círculo' (Novela), 'La carne que nos lleva' (Antología de Cuentos). 'El ojo de la serpiente' es su segunda novela.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: none
    Seitenzahl: 266
    Erscheinungsdatum: 22.02.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788494518317
    Verlag: Editorial Amarante
    Größe: 393 kBytes
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El ojo de la serpiente

1

El día que murió mi madre también hacía sol. Fue una mañana de mayo radiante, tan limpia que dolía mirar al cielo de lo azul que estaba. De pequeña pensaba que nadie se podía morir en un día claro de primavera, que la muerte siempre venía envuelta en una capa negra de noche y frío y que el sol la alejaba como los ajos a los vampiros.

Acababa de dejar a los niños en el colegio cuando me llamó la Guardia Urbana, encontraron mi número como última llamada realizada en la agenda de su móvil. Recuerdo cómo las palabras dispersas se fueron ordenando en mi cabeza sin acabar de entenderlas bien hasta que al mirarme los pies, era el primer día que llevaba sandalias, y verlos tan pálidos, comprendí que mi madre había muerto, que me estaban aplazando la verdad en pequeñas dosis para que llegara yo sola a comprender lo que poco a poco se iba formando en mi cerebro: Muerta, está muerta. Sí, muertas todas mis madres, la que cuidaba de mí de niña y amaba por encima de todas las cosas, la que me quitaba el miedo y me soplaba las heridas cuando me hacía daño, la malhumorada y protestona de mi adolescencia, la joven, la guapa, la delgada con tacones, la gorda con canas, la mujer que volvió a convertirse en madre cuando yo parí.

El sol no protege de nada y los vampiros no existen.

Seguí viviendo en un mundo nuevo con un vacío, con un agujero negro que se ensanchaba con todo lo que me recordaba a ella, la de veces que pasando por delante de su casa pensé en subir o, al coger el teléfono, tuve la sensación de que era ella quien me llamaba. No está, tenía que repetirme, nunca más va a estar.

Poco a poco los recuerdos se me fueron colocando por capas, primero venían los dolorosos, los más recientes acerca de su muerte y su ausencia, luego los neutros y los de las cosas cotidianas. Hasta que un día sin que pasara nada especial me sorprendí sonriendo a una señora que llevaba el pelo azul que era cómo nos amenazaba que se lo teñiría cada vez que le decíamos que siempre llevaba el mismo peinado.

Mamá acababa de cumplir sesenta y dos años el día que un motorista la atropelló dándose a la fuga en la calle Aribau, nadie vio la matricula, incluso una mujer llegó a decir que no llevaba placa, tan sólo encontraron junto a ella un zapato de hombre, un calzado del cuarenta y seis con unas letras semiborradas en su interior: "Gum", ponía. Ironías de la vida, ese había sido el nombre de nuestro primer perro.

Mi madre se llamaba Olga y había nacido en Guipúzcoa, en un caserío cerca de la ciudad de Tolosa. En su familia a casi todas las mujeres les ponían de nombre Felisa o Juana, el llamarse Olga fue un misterio durante mucho tiempo, la abuela nunca quiso explicar la verdadera razón de por qué a su única hija le había puesto un nombre tan poco habitual para aquellos lugares, decía medio en broma medio en serio que fue por la Biblia y así quedó, hasta que un día, de mayor, teniendo ya la cabeza perdida, la abuela empezó a hablar en algo que parecía ruso. Trajeron al médico, más por curiosidad que por otra cosa. Don Ildefonso era un hombre culto, de mundo y reconoció algunas palabras ayudado de un antiguo diccionario que encontró en la biblioteca. La gente del pueblo no dejaba de murmurar, en aquella época cualquier cosa inexplicable que no fuera mala se consideraba un milagro. Fue Doña Remedios Azkoitia, una anciana que había sido amiga de la abuela desde niña y que conservaba una memoria prodigiosa, la que recordó que durante algún tiempo en el caserón de la familia habían tenido alojado a un mozo ruso muy corto de luces que la adoraba, cuando ella era muy pequeña y que siempre estaban juntos, se llamaba Sergei, la abuela Felisa en su delirio no dejaba de repetir aquel nombre junto con el de Olga, no hubo manera de saber quién era ella, pero a mi madre le quedó claro que su nombre provenía de aquel antiguo recuerdo de infancia, por lo menos así nos lo expl

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