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El tulipán negro Biblioteca de Grandes Escritores von Dumas, Alejandro (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 01.07.2015
  • Verlag: IberiaLiteratura
eBook (ePUB)
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El tulipán negro

En 1672 el pueblo holandés rechaza la república de los hermanos Johan y Cornelio de Witt para restablecer el estatuderato y entregárselo a Guillermo III de Orange-Nassau. Indiferente a los vaivenes políticos, el ahijado de Cornelio de Witt, Cornelio van Baerle, solo piensa en lograr un tulipán negro, por el que la Sociedad Hortícola de Haarlem ha ofrecido una recompensa de 100.000 florines, dentro del ámbito de la tulipomanía que se extendió en aquella época. Sus planes serán truncados por la acusación de traición que pesa contra él y por los planes de un vecino envidioso, que conseguirán que ingrese en prisión. Sin embargo, el amor de la bella Rosa, hija de un carcelero, logrará que finalice sus propósitos.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 421
    Erscheinungsdatum: 01.07.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9783959284677
    Verlag: IberiaLiteratura
    Größe: 228 kBytes
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El tulipán negro

Al cabo de cien pasos se les unió y les habló; los tres hombres se detuvieron, mirando alejarse el coche, pero todavía no muy seguros de lo que en él se encerraba.

El coche, durante ese tiempo, llegaba a la Tol-Hek.

-¡Abrid! - gritó el cochero.

-Abrir -replicó el portero apareciendo en el umbral de su casa-. Abrir, ¿y con qué quieres que abra?

-¡Con la llave, pardiez! -exclamó el cochero.

-Con la llave, sí; mas para ello sería preciso tenerla.

-¿Cómo? ¿No tenéis la llave de la puerta? -preguntó el cochero.

-No.

-¿Qué habéis hecho de ella, pues?

-¡Cáspita! Me la han quitado.

-¿Quién?

-Alguien que probablemente desea que nadie salga de la ciudad.

-Amigo mío -dijo el ex gran pensionario, sacando la cabeza del coche y arriesgando el todo por el todo-, amigo mío, es por mí, Jean de Witt y por mi hermano Corneille, a quien llevo al exilio.

-¡Oh, señor De Witt! Estoy desesperado -contestó el portero precipitándose hacia el coche-, mas por mi honor que me han quitado la llave.

-¿Cuándo?

-Esta mañana.

-¿Quién?

-Un joven de veintidós años, pálido y delgado.

-¿Y por qué se la habéis entregado?

-Porque traía una orden debidamente firmada y sellada.

-¿De quién?

-De los señores del Ayuntamiento.

-Vaya -comentó tranquilamente Corneille-, parece que decididamente estamos perdidos.

-¿Sabes si se ha tomado la misma precaución en todas partes?

-No lo sé.

-Vamos -dijo Jean al cochero-. Dios ordena al hombre que haga todo lo que pueda por conservar su vida; llégate a otra puerta.

Luego, mientras el cochero hacia girar el carruaje, saludó al portero:

-Gracias por tu buena voluntad, amigo mío. La intención se considera como el hecho; tú tenías la intención de salvarnos y, a los ojos del Señor, es como si lo hubieras conseguido.

-¡Ah! -exclamó el portero-. ¿Veis ese grupo allá abajo?

-Crúzalo al galope -ordenó Jean al cochero-y toma la calle de la izquierda: es nuestra única esperanza.

El grupo del que hablaba Jean había tenido por núcleo los tres hombres a los que vimos seguir con los ojos al coche, y que desde entonces y mientras Jean parlamentaba con el portero; se había engrosado con siete u ocho nuevos individuos.

Aquellos recién llegados tenían evidentemente intenciones hostiles con respecto a la carroza. Así, viendo a los caballos venir hacia ellos a galope tendido, se cruzaron en la calle agitando sus brazos, armados de garrotes y gritando:

-¡Deteneos! ¡Deteneos!

Por su parte, el cochero se inclinó hacia ellos y los fustigó con el látigo. El coche y los hombres chocaron al fin.

Los hermanos De Witt no podían ver nada, encerrados como estaban en el coche. Pero sintieron encabritarse a los caballos, y luego experimentaron una violenta sacudida. Hubo un momento de vacilación y de temblor en el coche que arrancó de nuevo, pasando sobre algo redondo y flexible que podía ser el cuerpo de un hombre derribado, y se alejó en medio de blasfemias.

-¡Oh! -exclamó Corneille-. Temo que hayamos causado alguna desgracia.

-¡Al galope! ¡Al galope! -gritó Jean.

Mas, a pesar de esta orden, el cochero se detuvo de repente.

-¿Y bien? -preguntó Jean.

-Mirad -dijo el cochero.

Jean miró.

Todo el populacho de la Buytenhoff aparecía en la extremidad de la calle que debía seguir el coche, y avanzaba aullante y rápida como un huracán.

-Detente y sálvate tú -ordenó Jean al cochero-. Es inútil ir más lejos; estamos perdidos.

-¡Aquí están! ¡Aquí están! -gritaron conjuntamente quinientas voces.

-¡Sí, aquí están los traidores! ¡Los asesinos! ¡Los criminales! -respondieron a los que venían por delante del coche, los que corrían detrás de él, llevando en sus brazos el cuerpo magullado de uno de sus compañeros, que habiendo querido saltar a la brida de los caballos, h

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