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Entre visillos von Martín Gaite, Carmen (eBook)

  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Entre visillos

'Los partidarios de esa tontería de llamar a las cosas por su nombre parecen convencidos de que las cosas, en efecto, tienen nombre, como si nacieran con él, y de que quien las nombra sin tapujos está, triunfando sobre los tabúes, más cerca de la realidad.' Luis Magrinyà Entre visillos (Premio Nadal 1957) retrata el ambiente, el conservadurismo y la hipocresía que subyace en una ciudad de provincias española de mediados del siglo pasado. Las conversaciones aparentemente banales entre las jóvenes protagonistas de esta novela nos irán dando a conocer sus angustias, su miedo a quedarse solteras, la monotonía de sus vidas, sus paseos y primeros novios, los bailes en el casino y esa tristeza que se oculta tras el aburrimiento y la falta de imaginación. La llegada del nuevo y atractivo profesor de alemán provocará en las protagonistas el deseo de liberarse del conformismo y de esa atmósfera opresiva. Carmen Martín Gaite (Salamanca 1925-Madrid 2000), novelista, poeta, ensayista y traductora, publicó su primera novela El balneario en 1955 y es una de las más destacadas representantes de la generación de la posguerra. De sus libros hay que destacar Entre visillos (Premio Nadal 1958), Ritmo lento (1963), El cuarto de atrás (1978), El cuento de nunca acabar (1983), Usos amorosos de la postguerra española (Premio Anagrama de Ensayo 1987), Nubosidad variable (1992), Lo raro es vivir (1996) o Irse de casa (1998). Carmen Martín Gaite ha recibido también los premios Príncipe de Asturias 1988 y el Nacional de las Letras Españolas 1994.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 256
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788498418033
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 262 kBytes
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Entre visillos

Prólogo
Trocitos de serpentina amarilla

En la primera página del capítulo 5 de Entre visillos , Natalia, su amiga Gertru y el padre de ésta salen de los toros. La gente empuja y Gertru intenta sujetarse del brazo de su amiga: "Es que me tuerzo un poco con los tacones, ¿sabes?", le dice "sin mirarla, atenta al equilibrio de su peineta". Lleva un vestido de glasé y Natalia comenta: "Qué incómoda debes ir con eso. No sé cómo puedes. No podías ni aplaudir". Y en ese mismo momento una señora se engancha "los colgantes de una pulsera gorda" con el encaje de la mantilla de Gertru. Tienen que pararse "a desprenderse".

Esta removida constelación de prendas que afectan al equilibrio y favorecen la inhibición se despliega en una sola 5 pero no es la primera vez página. Estamos en el capítulo -ni por supuesto la última- que una prenda o un adorno se manifiesta como incapacitante factor de estrés en este universo de muchachas arregladas. Nada más empezar la novela, Gertru desiste de ir a remar al río para no "arrugarse el vestido de organza amarilla" y Mercedes, nada más bajar a la calle en día de ferias, teme que un niño que ha tirado un petardo le haya hecho una carrera en la media. Todo lo que una chica se pone para estar mona puede echarse a perder. El contacto con la intemperie se vuelve un desafío. Incluso las rebecas, esas todoterreno, tienen sus siniestros secretos. La única mujer de mundo que aparece en la novela las sentencia en el penúltimo capítulo con complaciente fatalidad, como una de esas dolorosas verdades que se revelan cuando ya no hay remedio: "qué amor le tenéis las chicas de provincia a las rebecas [le dice a Gertru, que va a ser su nuera]. Estropeáis los conjuntos más bonitos por plantarles una rebeca encima. Encima de la blusa de seda natural, nada, mujer. ¿Tanto frío tienes?". No. Lo peor es que no lo hacen por el frío. El sufrimiento por la belleza es una de las cláusulas del rebequismo, pero lo que no sabía el rebequismo es que él mismo estaba pasado de moda. Entonces... ¿tanto esfuerzo para nada?

La mujer de mundo la tiene seguramente en la punta de la lengua pero se abstiene de pronunciar la palabra "provinciano"; diciendo "de provincias" se queda más tranquila. De hecho en la novela esta palabra sólo la pronuncia una persona, y es un hombre y un narrador, dos cualidades que le autorizan: y la dice nada más iniciar su intervención. El tren en el que viaja se ha averiado, y la gente se baja a la vía y forma "desde la máquina a los vagones de primera una especie de paseo provinciano". Volveremos después a este narrador, pero quisiera detenerme antes un poco en la abstención, el sobreseimiento o la ignorancia de la palabra. Hay en la novela sin duda varios personajes que la saben pero se la callan, por un motivo u otro: el poeta y aspirante a notario Emilio habla discretamente de "la limitación de una capital de provincia", pero añade acto seguido con optimismo que "aquí hay círculos agradables, gente con la que se puede tratar, discutir" y recuerda más adelante que grandes filósofos como Unamuno o Kierkegaard vivieron "en ciudades pequeñas". Elvira, que ha leído La náusea y afirma que tiene spleen , que se desanima y ahoga en la ciudad pequeña, como sometida a una constante crisis respiratoria, no la dice nunca, quizá por temor a verse abarcada en su inhóspito campo semántico. Natalia, que percibe tímida pero crecientemente lo que es ser provinciano, no tiene aún, a sus dieciséis años, palabra para esa intuición en su vocabulario, y su mirada, en todo caso, es más generosa. Esta generosidad, para la cual nombrar equivale demasiadas veces a echar el cierre con displicencia a la realidad, la comparte, ciertamente, la voz narrativa de la mayoría de los capítulos de la novela: esa tercera persona que ajusta su omnisciencia a los intereses de los personajes, que efectúa elegantes transiciones entre unos y otros, pero siempre nivela

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