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Fragmentos de interior von Martín Gaite, Carmen (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 01.11.2014
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Fragmentos de interior

En Fragmentos de interior, la autora realiza un perfecto análisis de una familia de clase media en el Madrid de los años setenta, de sus relaciones entre sí y de los problemas que cada uno de ellos oculta: la actitud contestataria de los hijos, la frustración sentimental y profesional de sus padres o el desengaño amoroso de Luisa, la nueva criada.'La importancia de la amistad está siempre presente en la obra de Carmen Martín Gaite y me atrevería a afirmar que también estuvo siempre presente en su vida. En Fragmentos de interior, los lectores accedemos al universo interior de unos personajes que buscan amistad y orientación. Cuando llegamos a la última página, tenemos la impresión de que ha sido la autora, Carmen Martín Gaite, quien nos ha brindado su amistad.'Soledad Puértolas Carmen Martín Gaite (Salamanca 1925-Madrid 2000), novelista, poeta, ensayista y traductora, publicó su primera novela El balneario en 1955 y es una de las más destacadas representantes de la generación de la posguerra. De sus libros hay que destacar Entre visillos (Premio Nadal 1958), Ritmo lento (1963), El cuarto de atrás (1978), El cuento de nunca acabar (1983), Usos amorosos de la postguerra española (Premio Anagrama de Ensayo 1987), Nubosidad variable (1992), Lo raro es vivir (1996) o Irse de casa (1998). Carmen Martín Gaite ha recibido también los premios Príncipe de Asturias 1988 y el Nacional de las Letras Españolas 1994.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 208
    Erscheinungsdatum: 01.11.2014
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416208968
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 391 kBytes
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Fragmentos de interior

Uno

Los dos ochos del anuncio giraban velozmente en sentido contrario, uno amarillo y otro azul. Hasta que se apagaban y se encendía la botella, aquel uir movedizo de los colores producía desasosiego. Gloria aplastó el pitillo contra el cenicero que estaba en la alfombra a los pies del sofá y se quedó con el brazo colgando. A compás de aquel hormigueo de los círculos de la fachada de enfrente que se colaba por las cortinas de gasa, las ideas se le fragmentaban y sólo parecían detenerse en una imagen estable (la de Diego, de espaldas, buscando aquellos papeles por la mañana) cuando, tras la danza de los ochos, la habitación quedaba unos instantes en penumbra y estallaba silenciosamente el dibujo de la botella roja. Empezaba entonces a reconstruir el gesto de Diego al abrir el cajón, la manera que tuvo de volverse hacia ella y preguntarle si hacía mucho que estaba despierta, pero inmediatamente se disolvía y desbarataba otra vez la recomposición de la escena con el irrumpir de aquellos giros obstinados y simultáneos que seguía viendo aunque cerrara los ojos y que arrastraban en remolino sus indolentes conatos de concentración.

Se levantó haciendo un esfuerzo, abrió las puertas correderas que comunicaban con el dormitorio, se quitó el vestido y se tumbó a tientas sobre una de las dos camas. Allí estaban las persianas cerradas y se descansaba del anuncio, pero tampoco la oscuridad la podía soportar. Dio la luz de la mesilla alargada que separaba las dos camas. Había una pila de libros, ojeó distraídamente los lomos, cogió uno al azar y lo abrió. Estaba muy leído, subrayado en algunos pasajes e incluso con notas al margen en una letra muy clara, la misma que encabezaba la primera página con un nombre en el ángulo superior: Isabel Alvar. Siempre le dio envidia la letra de Isabel, ella nunca había tenido la letra bonita por mucho que se hubiera empeñado en hacerla grande y original. Dejó el libro, era un tema de sociología aburridísimo, y para compensar la desazón que le invadía siempre ante el mensaje indescifrable de los libros que leía Diego, levantó una de sus piernas desnudas y se puso a mirársela con complacencia desde el pie rematado por uñas pulidas y primorosas al muslo terso y suave que aún conservaba el moreno de las playas de Ibiza.

De pronto se sintió mirada desde el umbral y se sobrecogió; no había cerrado las puertas correderas. Y cuando, rectificando su postura y volviéndose hacia allí, sus ojos se encontraron con los de Pura, la criada silenciosa cuya silueta se le aparecía por todos los rincones y cuyos servicios habían llegado a hacérsele tan imprescindibles como desagradables sus reticencias, experimentó una mezcla de irritación y alivio al acordarse de que ya no iba a tener que soportarla por mucho tiempo, un día más a lo sumo. Se la imaginó recogiendo sus enseres con aquellos gestos dignos y pulcros de castellana sobria, aleccionando a la chica nueva, pasando por última vez sus manos expertas sobre las sábanas, muebles y vajilla de la casa, despidiéndose con frases distantes, cogiendo, por fin, la maleta. Tal vez incluso Isabel insistiera en acompañarla a la estación; imaginó los posibles comentarios de las dos, paradas allí en el andén y su nombre -Gloria- implícito en todo lo que decían y callaban, pero le daba igual, había quedado más que sobreentendido que no se soportaban mutuamente y que lo de la enfermedad de aquella tía era un pretexto para no tener que largarse por las bravas. El caso es que se subiera al tren de una vez y se fuera a Benavente para cuidar a su tía o para retozar con los mozos de allí o para coger en seguida un billete de vuelta y colocarse en otra casa, a ella qué más le daba.

Y por una súbita asociación de ideas, el nombre de aquel pueblo le volvió a evocar la escena de por la mañana, desbaratada poco antes en el zigzagueo luminoso de los ochos del letrero, y reconstruyó al fin las palabras con q

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