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Límites y fronteras von Moussaoui, Saïd El Kadaoui (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 30.11.2009
  • Verlag: Milenio Publicaciones
eBook (PDF)
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Límites y fronteras

Perder la razón es franquear el límite que separa la cordura de la locura. Es ser un extranjero para uno mismo. Emigrar, cambiar de país, es ser un extranjero en una tierra que hay que convertir en propia. Límites y fronteras es una novela que intenta indagar en la condición de extanjero. IsmaÔl, su protagonista, sufre un brote psicótico que requiere de un ingreso en una clínica psiqui trica. Allí descubrir que su ataque de locura es la oportunidad que le brinda la vida para conocerse e integrar todas sus pertenencias y sueÒos en una sola identidad. Saïd El Kadaoui Moussaoui (Marruecos, 1975) llegó a Cataluña a los siete años. Psicólogo y psicoterapeuta psicoanalítico, trabaja en el centro de salud mental infantil y juvenil de Gavà. En 1997 ganó el premio Huarte de San Juan por el trabajo de investigación 'El Laboratorio de Experimentación Psicológica del Grupo Benéfico'. También ejerce de docente del máster en Comunicación Intercultural (UAB) y del posgrado de Salud Mental en Inmigrantes, Refugiados y Minorías (UB). Ha escrito también diversos artículos publicados en diferentes medios.

Produktinformationen

    Format: PDF
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 158
    Erscheinungsdatum: 30.11.2009
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788497433471
    Verlag: Milenio Publicaciones
    Größe: 346 kBytes
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Límites y fronteras

Adió;s

Le di un beso en la calva a mi jefe, dos más en la mejilla - ¡el pobre me miraba con una cara! - y le dije que él, bien mirado, era un buen hombre que se había dejado seducir por el poder del dinero. Había caído en la trampa que esta sociedad nos depara a todos. "Crees ser un triunfador por haber armado esta mierda de restaurante, pero ¿sabes qué te digo? Sigue explotando a otros. A mí ya no. Ya encontrarás a otro moro dispuesto a trabajar por la miseria que me pagas. ¡Ah! No te lo había dicho nunca, pero me apetece hacerlo ahora. Esa mujer de allá, tu madre, con sus aires de marquesa, es una puta bruja; encuéntrale a alguien que se la folle y le quite las manías que tiene. Porque... ¿debe de hacer tiempo que no se come una polla, verdad?... ¡no! No te preocupes, ya me voy. Con mi finiquito puedes pagarte un chapero que te reviente el culo, ¿vale?"

Le di un abrazo que lo sorprendió; y salí del restaurante. Me sentía eufó;rico y desinhibido. Tenía ganas de abrazar a todo el mundo. Mi "yo" quedó; despojado de toda conciencia racional y solamente era sentimiento a flor de piel. Sentía mucho amor por la mayoría de la gente de la calle - llegué a abrazar a tres o cuatro personas desconocidas diciéndoles que les quería - y mucho odio por mi trabajo, el jefe y los árabes. Gritaba que yo era Amazig y no un puto árabe. "Yo soy libre, completamente libre." Creí que toda la gente me miraba y hablaba de mí. Pensaba que los turistas de la calle me hacían fotos y que quizás alguno de ellos fuera periodista. "Mañ;ana seré la portada de todos los perió;dicos", me decía, y me encaramé a una barandilla de cemento para pedir un minuto de atenció;n. Rápidamente se hizo un coro a mi alrededor que interpreté como muestra de interés por mis palabras: "queridos amigos, voy a hacer todo lo posible para liberar a los beréberes de ese miserable país que es Marruecos. Los emaziguen somos un pueblo ú;nico, con un idioma pisoteado por los bárbaros árabes, con una cultura propia. Los emaziguen somos un pueblo combatiente, con raza y nadie nos va a seguir explotando. Pido ayuda a la nació;n catalana para que me ayude a llevar esta revolució;n que hoy emprendo. La nació;n catalana sabe de lo que hablo y tampoco debe dejarse pisotear por un estado opresor como es Españ;a. Españ;a, un país explotador de sus inmigrantes. Españ;a invasora del pueblo catalán y llena de gente como el jefe al que acabo de plantar deseándole lo mejor a él y a su madre..."

Hubo quien me aplaudió;. Entre ellos estaba Hasan que se quedó; hasta el final para decirme que él también era amazig, pero de Cabilia. Lo abracé como si de un hermano se tratara y le propuse que se uniera a mi lucha. Nos fuimos los dos y despilfarré todo el dinero que me quedaba en la tarjeta de bar en bar. ¡No recuerdo la cantidad de alcohol que tomamos!

Hasan me debió; dejar en alguno de aquellos bares y acabé deambulando por las calles de Barcelona proclamando que era el Che beréber y que liberaría a mi pueblo de la opresió;n que sufría. En estos momentos no se imaginan como tengo la cara y no se imaginan el esfuerzo que tengo que hacer para seguir escribiendo. ¡Me invade una sensació;n de vergüenza tremenda!

Segú;n me comentaron después, debí pasar dos días enteros con esta historia recorriendo la ciudad sin r

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