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La corona von Bilyeau, Nancy (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 06.11.2014
  • Verlag: Alevosía
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La corona

Londres, 25 de mayo de 1537 Cuando se anuncia una muerte en la hoguera, las tabernas de los alrededores de Smithfield encargan barricas de cerveza adicionales, pero cuando quien va a morir en la hoguera es una mujer y además de noble cuna, llegan carros de cerveza. Yo viajaba en uno de esos carros el viernes de la semana de Pentecostés, en el vigésimo octavo año del reinado de Enrique VIII, para ofrecer plegarias por el alma de la traidora condenada a morir: lady Margaret Bulmer.Cuando la joven novicia Joanna Stafford, hija de la primera dama de la reina Catalina de Aragón, se entera de que su querida prima Margaret va a ser ejecutada públicamente en la hoguera, rompe el voto de clausura y se escapa del monasterio del priorato de Dartford. Sin embargo es detenida junto con su padre, sir Richard Stafford, también presente en la ejecución, y acusados ambos de intentar sabotearla, son encerrados en la Torre de Londres. El padre de Joanna sufre atroces torturas mientras la novicia es tratada con amabilidad y respeto, pero su trato privilegiado se debe al interés que sus dotes intelectuales suscitan en el arzobispo de Winchester. La novicia tendrá que realizar un importante encargo: buscar una misteriosa reliquia portadora de enormes poderes, la corona del primitivo rey de la cristiandad Athelstan, hecha con las espinas de la corona de Cristo. La responsabilidad del cierre de los monasterios de Inglaterra y la vida de su padre están ahora en las manos de Joanna...

Nancy Bilyeau es escritora y editora de revistas (ha trabajado en InStyle, Rolling Stone, Entertaiment Weekly y Good Housekeeping). Actualmente vive en Nueva York con su marido y sus dos hijos.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 504
    Erscheinungsdatum: 06.11.2014
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788415608882
    Verlag: Alevosía
    Größe: 767kBytes
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La corona

1

Londres, 25 de mayo de 1537

Cuando se anuncia una muerte en la hoguera, las tabernas de los alrededores de Smithfield encargan barricas de cerveza adicionales, pero cuando quien va a morir en la hoguera es una mujer y además de noble cuna, llegan carros de cerveza.Yo viajaba en uno de esos carros el viernes de la semana de Pentecostés, en el vigésimo octavo año del reinado de Enrique VIII, para ofrecer plegarias por el alma de la traidora condenada a morir: lady Margaret Bulmer.

Oí el grito del carretero cuando yo avanzaba por la calle Cheapside, con el esbozo del mapa de Londres que había copiado en secreto de un libro dos noches antes. Me movía con más premura desde que había llegado a esa calle ancha y adoquinada, y aun así me temblaban las piernas. Había pasado la mañana vadeando entre el fango.

-Smithfield... ¿Alguien con destino a Smithfield? -Fue una voz jovial, como si el lugar de destino fuera una feria del Día de San Jorge. Justo delante de mí, enfrente de una curtiduría, vi al dueño de esa voz: un hombre fornido que hacía girar a cuatro caballos enganchados a un carro de gran tamaño. Una media docena de cabezas se asomaron a mirar por encima de las barandillas.

-¡Aguardad! -grité tan alto como pude-.Yo deseo ir a Smithfield.

El carretero se volvió bruscamente. Sus ojos escudriñaron la multitud. Agité la mano y en su rostro se dibujó una sonrisa húmeda. Cuando me acerqué, se me encogió el estómago. Me había jurado no hablar con nadie durante todo el día, y no buscar tampoco ayuda de ningún tipo. El riesgo de que me descubrieran era demasiado grande. Pero Smithfield estaba extramuros, hacia el noroeste, todavía a una considerable distancia.

Cuando llegué junto él, el carretero me miró de arriba abajo y su sonrisa se desvaneció.Yo llevaba un grueso vestido de lana, el único del que había podido disponer para el viaje, compuesto por un corpiño y una falda más propios para finales de invierno que para primavera, y menos aún para un día en que las oleadas de calor quedaban ancladas entre capas de espesa niebla. El barro me había empapado el enmarañado dobladillo. Agradecí que nadie pudiera ver lo que ocultaba la gruesa tela y descubrir mi camisola empapada en sudor.

Sin embargo, yo sabía que no eran solo mis desaliñadas vestiduras las que provocaron la pausa en el carretero. Para muchos mi aspecto resulta extraño. Tengo el cabello negro como el ónix pulimentado y los ojos marrones con pintas verdes. Mi piel olivácea no se ha enrojecido al llegar el Día de San Swithun, ni ha palidecido en Adviento. He heredado el color de piel de mi madre española, aunque no así sus delicados rasgos. No, mi rostro es el de mi padre inglés: la frente ancha, unos pómulos prominentes y una barbilla fuerte. Es como si el desencaje del matrimonio de mis padres se debatiera asimismo en los cimientos de mi rostro, a la vista de todos. En un país de muchachas pálidas y de rostros sonrosados, destaco como un cuervo. En un tiempo eso fue algo que me preocupaba, pero a los veintiséis años habían dejado de importarme tan nimias cuestiones.

-Un chelín por el viaje, señora -dijo el carretero-. Pagad y partiremos.

Su petición me cogió por sorpresa, aunque naturalmente no debería haber sido así.

-No tengo monedas -balbuceé.

El carretero soltó una risotada.

-¿Creéis acaso que hago esto por diversión? Me estoy quedando sin cerveza y debo ganar dinero para pagar el carro -dijo, golpeando un barril de madera que tenía a su espalda. En el extremo más alejado del carro vi que sus pasajeros estiraban el cuello para poder verme.

-Esperad -dije, y busqué a tientas el pequeño monedero de tela que llevaba en el bolsillo que había cosido al vestido. Rebuscando con los dedos en su interior encontré un fino anillo. No quería darle nada mejor.Todavía me esperaban sobornos importantes.

Le tendí el anillo.

-¿Basta

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