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La manzana en la oscuridad von Lispector, Clarice (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 15.06.2016
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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La manzana en la oscuridad

La manzana en la oscuridad, cuarta novela de Clarice Lispector, es la crónica, casi como experiencia mística, de la reconstrucción de un yo destruido. Martim está convencido de que ha asesinado a su esposa. En un delirio de culpa y pena, en mitad de la noche comienza una huida que lo llevará al desierto más árido de Brasil, donde las piedras son sus únicas interlocutoras. Llegará a una hacienda aislada a cargo de Vitória, una solterona con miedo de vivir, y de su obsesiva prima Ermelinda, que tiene pánico a la muerte. En el asfixiante verano brasileño, estos tres personajes tan distintos, pero igualmente dominantes, irán tomando conciencia de su propio aislamiento. Clarice Lispector (Tchetchelnik, Ucrania, 1920-Río de Janeiro, 1977) sorprendió a la intelectualidad brasileña con la publicación en 1944 de su primer libro, Cerca del corazón salvaje, en el que desarrollaba el tema del despertar de una adolescente, y por el que recibió el premio de la Fundación Graça Aranha 1945. Lo que entonces se consideró una joven promesa de tan sólo 19 años, se convirtió en una de las más singulares representantes de las letras brasileñas, a cuya renovación contribuyó con títulos tan significativos como La hora de la estrella, Aprendizaje o el libro de los placeres o su obra póstuma Un soplo de vida, todos ellos publicados en Siruela.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 320
    Erscheinungsdatum: 15.06.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416749508
    Verlag: Ediciones Siruela
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La manzana en la oscuridad

1

Pero esa misma noche, caminando excitado de un lado a otro en la estrechez del almacén, Martim apenas se contuvo con lo que había ganado. Era la alegría. No sabía qué hacer consigo mismo, como si tuviese una noticia y no hubiese a quién dársela. Estaba muy contento de ser una persona, este era uno de los grandes placeres de la vida. Sin embargo, inconsolable, le parecía que nunca sería indemnizado.

Y por primera vez desde que había huido tenía necesidad de comunicarse. Se sentó al borde de la cama, la cabeza feliz entre las manos. No sabía por dónde empezar a pensar. Entonces recordó que su hijo un día dijo durante la cena: "¡No quiero esta comida!". Su madre replicó: "¿Y entonces qué quieres comer?". El niño acabó diciendo con el doloroso asombro de los descubrimientos:

-¡Nada!

Él, Martim, entonces le dijo:

-Es muy sencillo: si no tienes hambre no comas.

Pero el niño empezó a llorar:

-No tengo hambre, no tengo hambre...

Y como la radio también estaba puesta, el hombre gritó:

-¡Ya te he dicho que si no tienes hambre no comas! ¿Por qué lloras entonces?

El niño respondió:

-Estoy llorando porque no tengo hambre.

-¡Te prometo que mañana tendrás hambre, te lo prometo! -le dijo Martim confuso, entrando por amor en la verdad de un niño.

Sentado en la cama, con la cabeza entre las manos, Martim cerró los ojos riendo muy emocionado. Era la alegría. Su alegría venía de que tenía hambre, y cuando un hombre tiene hambre se alegra. Después de todo una persona se mide por su hambre, no existe otra manera de calcularse. Y la verdad era que en el monte le había renacido la gran necesidad. Era extraño que no tuviese comida pero que el hambre le llenase de júbilo. Con el corazón latiendo de hambre, Martim se acostó. Oía pedir a su corazón, y se rio en alto, bestial. Desamparado.

Al día siguiente Ermelinda, cada vez más sistemática, volvió:

-Pensará usted que estoy loca -le dijo con el aire persistente de los ciegos-, pero hay un lugar dentro de mí adonde voy cuando quiero dormir. Ah, ya sé que es gracioso, pero es así... Si ese lugar estuviese cerca, incluso podría decir que se encuentra en el lado izquierdo de mi cabeza, es que duermo sobre el lado izquierdo -le explicó de paso, lamiéndose los labios-, pero ese lugar está mucho más lejos, es como si estuviese mucho más allá de donde yo acabo... pero aún está dentro de mí, todavía soy yo, ¿entiende?

Como eran los particulares detalles de su vida lo que la hacía, según ella, insustituible por otra persona, al describir sus especialidades ella intentaba con esfuerzo probar al hombre que ella era ella misma. Como Martim no la miraba, se arriesgó aún más:

-Es un lugar que queda más allá de mi muerte -dijo por fin, y se puso de repente tan pálida que, impelido a mirarla a causa del silencio inesperado de la joven, él dejó de sonreír sin saber por qué.

Pero Ermelinda sabía bien que aún era pronto para dejar de mentir y dejar de encantarlo. Sabía que era pronto para mostrarse ante él, y que podría ahuyentarlo si dijese la verdad, las personas temen tanto la verdad de los otros... Solo lo conseguiría por medios indirectos. La idea de que si no lo divertía lo iba a ahuyentar la aterrorizaba: sobre todo ahora que ya había ganado tanto terreno, hasta el punto de que había conseguido que él la escuchase, ¡aunque no la mirase! Entonces, recelosa de haber avanzado demasiado y de haberlo asustado, se rio mucho y dijo juguetona:

-Sé que para ir a ese lugar adonde voy cuando tengo sueño se coge a la izquierda, solo así consigo dormir, ¡imagine! A veces, para no ponerme nerviosa, quiero llevarme algo al sueño, algo del día, ¿entiende?: un pañuelo para retorcer en la mano, un misal, solo para darme seguridad y no ir sola, ¡imagine lo boba que soy! -dijo con ternura, mirándole fijamente para ver si había conseguido contagiarlo con la ternura que sent

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