text.skipToContent text.skipToNavigation
background-image

La sirena negra von Bazán, Emilia Pardo (eBook)

  • Verlag: Linkgua
eBook (ePUB)
2,99 €
inkl. gesetzl. MwSt.
Sofort per Download lieferbar

Online verfügbar

La sirena negra

La sirena negra, de Emilia Pardo Bazán, relata la historia de Gaspar, un aristócrata madrileño obsesionado con la muerte que vive atrapado en la autocompasión, su neurosis y su desprecio a la humanidad. El argumento da un giro cuando Gaspar acoge a Rafaelín, un niño huérfano de una madre de reputación dudosa y se convierte en el centro de la vida de Gaspar. Pardo Bazán escribió esta novela con sesenta años. Emilia Pardo Bazán

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 120
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788490079157
    Verlag: Linkgua
Weiterlesen weniger lesen

La sirena negra

II

Mi hermana Camila tiene, acerca de mí, proyectos matrimoniales. Creo que es el caso general de todas las hermanas, a menos que sea el contrario -un odio corso a cualquier ser femenino que su hermano distinga.

Propala mi hermana que ha sido muy feliz en su matrimonio; y no lo dudo, entre otras razones porque la unión duró cinco o seis años, y mi cuñado estuvo dos de ellos en Cuba, arreglando negocios pendientes. Si Camila fuese franca, confesaría que es ahora cuando lo pasa bien; pero, ¿y la pose de viuda inconsolable? ¿Quién se la quita? Una vez, anualmente, inconsolable la proclama la cuarta plana de La Correspondencia, en la esquela más cara y espaciosa de las que allí se publican. Aquel día, la viuda encarga misas en diversas parroquias. Por la tarde, una docena de amigos y parientes vienen a hacer el duelo a Camila; un duelo en que no se alude al finado, en que se murmura sin mostaza y se planean combinaciones de abonos para la temporada de primavera. Ya el año pasado, que acudió más gente, se sirvió té, con galletas (auténticas de Londres), y un revistero de sociedad anunció elfive. Ese día no falta ella nunca; y, generalmente, la veo cada semana dos o tres veces, en el Real o en mi casa, donde almuerza bastantes domingos.

He subrayado ella, únicamente por no singularizarme; por conformarme a los usos establecidos en tales materias. Si miro hacia mi corazón, o adonde se cobijen los efectos, allí no la llamo ella, sino buenamente Trini.

¿Su retrato? Ni bonita, ni fea. Hay menos beldades por ahí adelante de lo que las novelas y las planas a todo color de los semanarios harían suponer. Tiene un defecto, la cara redonda; un atractivo peculiar, la boca húmeda de juventud y dentada a maravilla. Es hija de un magistrado que fue íntimo de mi padre, que caso con una heredera opulenta de Aragón, y hubo de sus legítimas nupcias una hembra y dos varones. Si al fin me uno a Trini, deberé a la gran Segadora verme libre de suegra y suegro. Los padres de Trini son honrados; les han hecho las honras, por cierto a todo lujo. Trini manda en sí y en su caudal y es modelo de "señoritas formales". Unas cuantas dueñas cotorronas, tertulianas de Camila, no se sacian de repetirlo, y protegen instintivamente la candidatura. A pesar de mi espíritu crítico y minucioso, conozco que Trini será una gran ama, no solo de llaves, sino de sala y gabinete. Es fina, lista, limpia, primorosa.

Yo me acerco, me dejo caer, la hago unos asomos de corte; pero ni me derrito, ni acabo de decidirme a meter el pie en el agua. ¿Es que quiero a otra? -El lenguaje es una tela teñida de los colores primarios, chillones y sin degradación. ¿Existe, acaso, la escala de los matices verbales, justos, imperceptibles, que correspondan al matizado riquísimo del sentir? ¿Cómo denominar lo que no he definido?

La casualidad me ha puesto en relación con una criatura miserable y desquiciada, a quien encontré en la antesala de un médico varias veces. Para dar idea del tipo de esta mujer, sería preciso evocar las histéricas de Goya, de palidez fosforescente, de pelo enfoscado en erizón, de pupilas como lagos de asfalto, donde duerme la tempestad romántica. El modesto manto de granadina, negro marco de la enflaquecida faz, adquiere garbo de mantilla maja al rodear el crespo tejaroz que deja en sombra la frente. De la mano de la mujer se cuelga un niño como de cuatro a cinco años; un niño hechicero, travieso y cariñoso, por medio del cual entré en trato con la madre. El primer día en que les vi, su turno de consulta precedió al mío, y antes de dar pormenores de mi gastralgia, me enteré de si era grave el padecimiento de la cliente.

-No me ha consultado para sí -contestó el doctor-. Se trataba del chiquillo.

-Pero ¡si ella parece enfermísima!

-Y lo está. Solo que pertenece al número de las enfermas que no quieren hablar de su mal, suponiendo que si no le llaman por su nombre, el mal no acude. No

Weiterlesen weniger lesen

Kundenbewertungen