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Las batallas silenciosas von Amunarriz, Juana Cortés (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 04.04.2015
  • Verlag: Baile del Sol
eBook (ePUB)
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Las batallas silenciosas

Este libro está compuesto por los primeros relatos de la autora, en los que se encuentran ya la mayor parte de sus obsesiones y delirios. Mujeres de arena, capaces de cambiar de forma bajo la mano del viento. Niños con los que uno no querría quedarse a solas. Gatos orgullosos y astutos, que parecen reírse de los estúpidos humanos. Lo dulce y lo amargo. Los frutos del árbol de la rabia. Los sueños del hombre despierto. Utilizando un humor sutil a veces, otras aproximándose desde el terror y lo inquietante, la autora desgrana sus historias dentro de cada una de las cuales encontramos una particular batalla. Batallas que, a pesar de estar ancladas en lo cotidiano y ser sumamente silenciosas, no dejan de ser crueles y perversas. Estas batallas tienen que ver con el amor, con los sentimientos que los personajes no saben manejar y a los que sucumben. También con el deseo y el sexo. Con el material que alimenta los sueños y los rencores. Con el pesar causado por aquello a lo que hemos renunciado, convirtiéndolo en sombra. Con el placer de zigzaguear. Con el desasosiego y la caricia.

Juana Cortés Amunarriz (Hondarribia, Guipúzcoa, 1966), licenciada en Filosofía por la Universidad del País Vasco, reside en Madrid donde inicia su trayectoria literaria en el año 2004. Ha obteniado diversos premios de relato, entre los que destacan el 2º Premio Hucha de Oro, el Gaceta de Salamanca, o el Luis Mateo Díez. Colabora habitualmente en la revista virtual Agitadoras.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 138
    Erscheinungsdatum: 04.04.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416320332
    Verlag: Baile del Sol
    Größe: 231 kBytes
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Las batallas silenciosas

GUNTER

El corazón es un niño que espera lo que desea

Proverbio ruso

Emil me dijo que el incidente había sucedido en un vuelo de Tenerife a Madrid, un miércoles veintiuno de marzo, equinoccio de primavera. Se trataba de una maleta Samsonite, mediana, de color azul oscuro, que contenía ropa y pertenencias personales. Aquella era una llamada más de las muchas que recibía a diario, pero el tono de voz amable hizo que su interlocutor me agradara. Había gente estúpida que me hablaba como si yo, en persona, hubiera lanzado sus equipajes desde el mismo avión a mitad del Atlántico

o sobre los Pirineos. Emil dijo que el contenido de la maleta no le importaba demasiado; llevaba sus cuentos en la mochila de mano y eso era lo único que consideraba imprescindible. ¿Cuentos? La pregunta se me escapó como una cucaracha atrevida. Entonces él dijo: escribo cuentos para niños , y en ese preciso momento empecé a enamorarme de él. Fue algo especial; sus palabras, el rayo de sol que entraba por la ventana, el tranquilizante olor del café que reposaba en mi mesa. Cuentos para niños. No sé qué hubiera ocurrido si en lugar de ser escritor hubiera sido cardiólogo o banquero. Si el día hubiera sido nublado. Si la máquina de café hubiera estado estropeada. Es difícil diseccionar la esencia de los momentos mágicos.

Aconsejé a Emil que acudiera a la oficina a hacer una reclamación formal. Era una irregularidad; sólo venían los clientes en circunstancias muy determinadas y ésta no lo era. Pero quería verle; fantaseaba con aquel hombre que había despertado mi curiosidad. Apareció al día siguiente y preguntó por mí, como le había indicado. Se sentó en una silla y, mientras hacía una lista del contenido de la maleta extraviada, le observé. Era alto, muy delgado y huesudo. Algo desgarbado. Sus mejillas eran flacas y sus labios medianos. Los ojos marrones me observaban con una mirada franca. Sus manos eran bonitas y su letra incomprensible. Cuando finalizó me preguntó por el plazo estimado para resolver el problema. Cuarenta y ocho horas, le contesté. Me sonrió, se levantó y se marchó. No me preocupé; tenía todos sus datos. Ya en ese momento sabía muchas cosas de él. Su DNI no era capicúa por una cifra. Tenía treinta y dos años y era acuario.

Le esperé una tarde de primavera, junto a su portal. El calor había llegado de repente a Madrid, su forma habitual de presentarse a una cita ineludible. Tuve suerte y pronto vi a Emil que caminaba con un maletín en la mano.

-Hola -le saludé.

Él se detuvo y me miró con ese aire despistado de quien a veces habla solo.

-Soy Marta. Trabajo en la agencia de seguros.

Su mirada revelaba sorpresa.

-La maleta perdida -añadí.

-Ah, hola ¿cómo estás?

Al reconocerme su rostro se había iluminado. Confirmé así su carácter amable; supe que era una de esas personas que escuchan sin mirar el reloj.

-¿Cómo son? -le pregunté.

Me miró sorprendido.

-Tus cuentos. Quiero que me cuentes uno.

Delante de una taza de café, en una cafetería próxima, Emil accedió a mi petición. Cogió un servilletero, sacó un bolígrafo de su mochila y empezó.

Había una vez un niño que se llamaba Gunter -dijo Emil mientras dibujaba en una servilleta, con unos precisos y sencillos movimientos, un muñeco de gafas redondas, pantalón corto y grandes zapatos.

Gunter no quería ir al colegio. ¿Por qué no quieres ir al colegio, cariño? Le preguntó su mamá . Emil dibujó a una mamá de pelo largo y boca redonda, con una larga falda y zapatos de tacón, junto al niño enfurruñado.

Gunter no quería ir al colegio porque tenía MIEDO... En la servilleta aparecieron signos de admiración, rayos, sombras de vampiros y un tremendo borrón negro como una nube antes de una tormenta.

Le daban miedo: los niños mayores -dibujó a Gunter pequeñito rodeado de gigantes.

El portero c

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