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Los hermanos Tanner von Walser, Robert (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 16.02.2012
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Los hermanos Tanner

'¿Acaso Simon Tanner no vagabundea, nadando en la felicidad, para no producir nada, a no ser el goce del lector?'Franz Kafka.De 1905 a 1913 el escritor suizo Robert Walser vive en Berlín, donde el poeta Christian Morgenstern lee Los hermanos Tanner, su primera y más celebrada novela, que recomienda al editor Bruno Cassirer: 'Este hombre hablará así mientras viva y sus libros serán un extraño y fascinante espejo de la vida'. Como todas las obras de Walser ésta entusiasma a críticos y escritores, pues, al igual que El ayudante y Jakob von Gunten, sus otras dos grandes novelas, retrata con excepcional intensidad el perfil errante de su autor, uno de los novelistas que más influencia ha ejercido sobre tres generaciones de escritores alemanes.

Robert Walser es uno de los más importantes escritores en lengua alemana del siglo XX. Nació en Biel (Suiza) en 1878 y publicó quince libros. Murió mientras paseaba un día de Navidad de 1956 cerca del manicomio de Herisau, donde había pasado los últimos años de su vida. Siruela ha publicado también el libro de conversaciones Paseos con Robert Walser, de Carl Seelig y Robert Walser. Una biografía literaria, de Jürg Amann.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 272
    Erscheinungsdatum: 16.02.2012
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788498419191
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 539 kBytes
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Los hermanos Tanner

Capítulo segundo

Un día, a eso de las doce, llamó Simon bastante tímidamente al timbre de una casa elegante, aislada y con jardín. Al oír el timbrazo tuvo la impresión de que el que había llamado era un mendigo. Si él, por ejemplo, hubiera estado dentro de la casa en calidad de propietario, tal vez sentado a la mesa habría preguntado, volviéndose perezosamente hacia su mujer: "¿Quién llamará? ¡Seguro que es un mendigo!". Mientras esperaba iba pensando: "A la gente distinguida la imaginamos siempre a la mesa, o en un carruaje, o vistiéndose con ayuda de criados y criadas, mientras que a los pobres los suponemos siempre fuera, en el frío, con los cuellos del abrigo levantados como yo ahora, esperando ante la puerta de un jardín con el corazón palpitante. La gente pobre tiene por lo general un corazón veloz, activo, ardiente; ¡los ricos tienen en cambio corazones fríos, anchos, recalentados, acolchados y atrancados! ¡Oh, qué aliviado me sentiría si viniese alguien a toda prisa! Esperar frente a la puerta de un rico tiene algo oprimente. Pese a mi poco de experiencia mundana, ¡cómo me tiemblan las piernas!". Y, en efecto, estaba temblando cuando una criada salió a abrir al que esperaba fuera. Simon no podía evitar una sonrisa cuando alguien le abría una puerta y lo invitaba a entrar, y aquella vez tampoco faltó la sonrisa, que en su cara parecía un ruego apenas perceptible y que tal vez pueda observarse en mucha gente.

-Busco una habitación.

Simon se quitó el sombrero ante una bella dama que examinó al recién llegado con atención. Le gustó que lo hiciera, pues sintió que ella tenía derecho a hacerlo y advirtió que al mismo tiempo no perdía su afabilidad.

-¿Quiere pasar? Por aquí, al piso de arriba.

Simon rogó a la señora que lo precediera. Y, por vez primera en su vida, hizo el gesto pertinente con la mano. Abriendo una puerta, la dama señaló la habitación al joven.

-¡Qué cuarto tan bonito! -exclamó Simon, realmente sorprendido-, demasiado bonito para mí, por desgracia, demasiado elegante para mí. Ha de saber que soy una persona muy poco idónea para un cuarto tan elegante. Y, sin embargo, me encantaría vivir en él, sí, mucho, hasta diría que muchísimo. En realidad, no ha hecho usted bien en mostrarme esta habitación. Mejor hubiera sido que me echase de su casa. ¡Atreverme yo a echar una mirada a una mansión tan alegre, tan bella, hecha como para ser residencia de un dios! ¡En qué casas tan bellas vive la gente acomodada, los que poseen algo! Yo nunca he poseído nada, nunca he sido nada y, pese a las esperanzas de mis padres, jamás seré nada. ¡Qué vista tan maravillosa desde las ventanas! ¡Y qué hermosura de muebles, realmente espléndidos! ¡Y estas cortinas tan preciosas, que dan al cuarto cierto aire virginal! Aquí tal vez podría convertirme en una persona delicada y buena, si es cierto que, como se dice, el entorno puede transformar al ser humano. ¿Me permite mirar otro poco, quedarme un minuto más aquí?

-Por supuesto.

-Se lo agradezco.

-¿Qué hacen sus padres? Y, si me permite la pregunta, ¿en qué sentido es usted un "don nadie", como acaba de afirmar?

-Estoy sin trabajo.

-Para mí eso es lo de menos... Todo depende...

-No, tengo pocas esperanzas. Cierto es que, para ser sincero, tampoco debería decir esto. Estoy lleno de esperanzas. Nunca, nunca me abandonan. Mi padre es un hombre pobre, pero feliz de vivir, al que ni remotamente se le ocurriría comparar la miseria de sus días actuales con el esplendor de los pasados. Vive como un joven de veinticinco años y no se hace ningún problema por su situación. Yo lo admiro e intento imitarlo. Si él, con sus blanquísimos cabellos, aún puede estar contento, su joven hijo tendrá la obligación, treinta y cien veces más, de llevar bien erguida la cabeza y lanzar a la gente miradas fulminantes. Pero mi madre me dejó, y a mis hermanos mucho más que a mí, una ser

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