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Luisa de Bustamante von Blanco White, José María (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 31.08.2010
  • Verlag: Linkgua
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Luisa de Bustamante

José María Blanco White (1775-1841). España. Nació en Sevilla en 1775. Hijo del vicecónsul inglés Guillermo White. Fue canónico magistral en Cádiz y Sevilla y formó parte de la Academia de Letras Humanas (1793-1802). Tras una crisis espiritual marchó a Madrid, en donde trabajó en la Comisión de Literatos del Instituto Pestalozziano y luchó contra los franceses durante la ocupación. Su ideología liberal le llevó a discrepar con la Junta Central; marchándose de España rumbo a Inglaterra en 1810, allí reinició sus estudios de inglés, su segunda lengua, y de griego. Fue profesor de la Universidad de Oxford y escribió crítica literaria en inglés y español publicada en Variedades o El Mensajero de Londres (1823-1825) publicación financiada por Rudolph Ackermann. Murió en 1841 en Liverpool, Inglaterra.

José María Blanco White (1775-1841). España. Nació en Sevilla en 1775. Hijo del vicecónsul inglés Guillermo White. Fue canónico magistral en Cádiz y Sevilla y formó parte de la Academia de Letras Humanas (1793-1802). Tras una crisis espiritual marchó a Madrid, en donde trabajó en la Comisión de Literatos del Instituto Pestalozziano y luchó contra los franceses durante la ocupación. Su ideología liberal le llevó a discrepar con la Junta Central; marchándose de España rumbo a Inglaterra en 1810, allí reinició sus estudios de inglés, su segunda lengua, y de griego. Fue profesor de la Universidad de Oxford y escribió crítica literaria en inglés y español publicada en Variedades o El Mensajero de Londres (1823-1825) publicación financiada por Rudolph Ackermann. Murió en 1841 en Liverpool, Inglaterra.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Seitenzahl: 72
    Erscheinungsdatum: 31.08.2010
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788498978650
    Verlag: Linkgua
    Größe: 177kBytes
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Luisa de Bustamante

Capítulo II

Tristísimo aunque grandioso espectáculo presenta un moribundo que, esperando con certeza la muerte entre penas interiores y exteriores, la ve dilatarse de día en día, teniendo de este modo que saborear poco a poco la disolución que todo viviente teme por instinto. Ésta es la situación que prueba fortaleza de alma y manifiesta la más pura filosofía práctica, que consiste en el hábito de gobernarse en todo caso por la razón y no por las pasiones y humores. Empero, grande es el engaño de los que, conociendo el verdadero estoicismo solo por el nombre, imaginan que esta sublime filosofía, hermana del cristianismo, exige la extirpación de los afectos que la naturaleza grabó en el pecho humano. El verdadero filósofo no se propone la insensibilidad, sino la superioridad de la razón sobre las sensaciones molestas. La filosofía no reprueba los gemidos que arranca el dolor, mas condena la impaciencia que se entrega a discreción al torrente de las pasiones, ora sean tímidas o irascibles.

La muerte parece que quería dar ocasión al pobre Bustamante de manifestar el ánimo varonil, aunque tierno, que había cultivado en tiempos felices. Desmintiendo las predicciones del médico, la enfermedad lo consumió tan poco a poco que no alcanzó el deseado descanso del sepulcro hasta que la primavera, como si quisiese hacer más duro el contraste, empezó a renovar la vida de la naturaleza. Entre tanto, era digno de verse con cuánto esmero el paciente buscaba las circunstancias más pequeñas que contribuían a su alivio para fijar su atención, en ella y apartarla de sus aflicciones. Cada vez que Mis. Christian, el médico o yo le enviábamos, ora utensilios de conveniencia, ora alimento de la clase que más convenía a su situación, el placer que la gratitud le causaba era un bálsamo que acallaba sus sufrimientos.

-La tardanza de la muerte -solía decir-, que parece la mayor de mis calamidades, ha sido por el contrario una de mis mayores ventajas. Irritado por la traidora conducta de dos a quienes yo había dado mi confianza, me vi en riesgo inminente de cerrar mis ojos a la luz del día negando la existencia de la virtud. Pero, gracias al cielo, tres almas generosas vinieron a sacarme de este peligro. Tres meses de intervalo he tenido en que observar a los amigos de mis últimos días. Es verdad que he sufrido muchísimo en este tiempo, pero de buena voluntad sufriría el doble por no perder el placer de haberlos conocido. Por la disminución de mis dolores entiendo que el último término está cercano. Pero ¡con cuánta paz y satisfacción muero, dejando en tan buenas manos las caras prendas de que la segur inflexible de la muerte me aparta!

Mucho aprendí en esta triste escuela de adversidad. ¡Cuánto se ensanchó mi pecho para mis semejantes! ¡Cuán dulcemente me vi enlazado a los infelices que esperaban de mí compasión más bien que socorro! ¡Cuán libres de egoísmo fueron nuestros placeres en medio de los pesares! Quien quisiere saber qué cosa es la felicidad verdadera, búsquela no entre los que ríen sino entre los que lloran. El que quiera saber a qué fin se halla colocado entre los males inevitables de esta vida, procure emplearse en aliviarlos y pronto se hallará libre de la sensación de acusar a la Providencia.

No intento mover a mis lectores con la descripción de los últimos instantes del infeliz expatriado. Baste decir que a principios de mayo exhaló el último suspiro entre mis brazos.

Los entierros no se hacen aquí tan precipitadamente como en España. Es verdad que en algunas provincias de aquel país el calor del clima admite muy poca dilación, pero la grande importancia de evitar el error fatal de una muerte aparente impone una solemne obligación de esperar hasta que las primeras señales de disolución disipen toda posibilidad de duda.

No obstante el triste clima de Inglaterra, se gozan en ella ciertos días que, aunque no tienen el brillo y la alegrí

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