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Madame Bovary von Flaubert, Gustave (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 10.07.2014
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Madame Bovary

Un simple drama local sirvió a Flaubert para iniciar un trabajo de creación 'sobre nada', que tuvo por fruto una de las novelas capitales de la literatura: con esa nada, Flaubert construyó no sólo un personaje, sino un modelo de mujer que resume los dramas íntimos de muchas mujeres educadas en sentimientos heredados del romanticismo. Emma Bovary, esposa de un médico rural, y enamorada del amor, servirá al novelista para trazar un tipo femenino permanente en el tiempo, utilizando un realismo minucioso que refleja la verdad y afirma la voluntad de perseguir la belleza, en un ambiente de mediocridad humana en el que la ley social del dinero impone sus coacciones, para terminar llevando a Emma a un destino fatal. Esta edición se enriquece con tres fragmentos hasta ahora inéditos sacados de los manuscritos, en los que se discuten temas capitales para entender intrínsecamente al personaje, como la propuesta de Homais de que debería prohibirse la lectura a las mujeres, vieja idea medieval que viene arrastrándose de siglo en siglo.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 424
    Erscheinungsdatum: 10.07.2014
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416120826
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 1555 kBytes
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Madame Bovary

I

Estábamos en el Estudio cuando entró el director, seguido de un nuevo vestido de calle y de un mozo que traía un gran pupitre. Los que dormían se despertaron, y todos nos pusimos de pie como sorprendidos en nuestro trabajo.

El director nos hizo seña de que volviéramos a sentarnos; luego, volviéndose hacia el jefe de estudios, le dijo a media voz:

-Señor Roger, aquí tiene un alumno que le recomiendo, entra en quinto. Si su trabajo y su conducta lo merecen, pasará a los mayores , como corresponde a su edad.

El nuevo , que se había quedado en el rincón, detrás de la puerta, de tal modo que apenas se le veía, era un chico de campo, de unos quince años, y más alto de estatura que cualquiera de nosotros. Llevaba el pelo cortado recto sobre la frente, como un chantre de pueblo, y parecía formal y muy azorado. Aunque no fuera ancho de hombros, su casaca de paño verde con botones negros debía de molestarle en las sisas y dejaba ver, por las vueltas de las bocamangas, unas muñecas rojas habituadas a ir descubiertas. Sus piernas, con medias azules, salían de un pantalón amarillento muy tensado por los tirantes. Calzaba unos recios zapatos mal lustrados y guarnecidos de clavos.

Empezamos el recitado de las lecciones. Las escuchó con los oídos muy abiertos, atento como si estuviera en el sermón, sin atreverse siquiera a cruzar las piernas ni apoyarse en el codo, y, a las dos, cuando sonó la campana, el jefe de estudios tuvo que avisarle para que se pusiera con nosotros en la fila.

Al entrar en clase teníamos la costumbre de tirar nuestras gorras al suelo, para luego tener más libres las manos; desde el umbral había que lanzarlas debajo del banco, de manera que golpeasen contra la pared levantando mucho polvo; eso era lo ideal .

Pero, bien porque no se hubiera fijado en esa maniobra, o por no atreverse a someterse a ella, ya había acabado el rezo y el nuevo seguía con la gorra sobre sus rodillas. Era uno de esos tocados de orden compuesto, en el que se encuentran los elementos del casco de granadero, del chascás 3 , del sombrero de copa, de la gorra de nutria y del gorro de dormir, en fin, una de esas cosas lamentables cuya muda fealdad tiene profundidades de expresión como el rostro de un imbécil. Ovoide y armada de ballenas, empezaba por tres rodetes circulares; luego, separados por una tira roja, alternaban unos rombos de terciopelo con otros de piel de conejo; a continuación venía una especie de bolsa rematada por un polígono de cartón y cubierto de un bordado de complicado sutás, y del que pendía, en el extremo de un largo cordón demasiado delgado, un pequeño colgante de hilos de oro, en forma de borla. Era nueva; la visera relucía.

-Levántese -dijo el profesor.

Él se levantó; la gorra cayó al suelo. Toda la clase se echó a reír.

Se agachó para recogerla. A su lado, un compañero volvió a tirarla empujándola con el codo, él volvió a recogerla.

-Deje en paz su casco de una vez -dijo el profesor, que era hombre ocurrente.

Las carcajadas de los escolares desconcertaron al pobre muchacho, tanto que no sabía si debía conservar su gorra en la mano, dejarla en el suelo o ponérsela en la cabeza. Volvió a sentarse y la colocó sobre sus rodillas.

-Levántese -continuó el profesor-, y dígame su nombre.

Farfullando, el nuevo articuló un nombre ininteligible.

-¡Repita!

Se dejó oír la misma farfulla de sílabas, ahogada por los abucheos de la clase.

-¡Más alto! -gritó el maestro-, ¡más alto!

El nuevo , entonces, tomando una resolución extrema, abrió una boca desmesurada y, a pleno pulmón, como quien llama a alguien, soltó esta palabra: Charbovari .

Se produjo entonces un alboroto que surgió de repente, subió in crescendo , con gritos agudos (aullaban, ladraban, pateaban, mientras core

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