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Obras ? Colección de Alekandr Nikoalevich Afanasiev Biblioteca de Grandes Escritores. von Afanasjew, Alexander N. (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 08.07.2015
  • Verlag: IberiaLiteratura
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Obras ? Colección de Alekandr Nikoalevich Afanasiev

- Basilisa la Hermosa - El adivino - El campesino, el oso y la zorra - El corredor veloz - El Gallito de Cresta de Oro - El gato, el gallo y la zorra - El gato y la zorra - El gigante Verlioka - El hombre bueno y el hombre malo - El infortunio - El niño prodigioso - El pez de oro - El príncipe Danilo - El Rey del Frío - El sol, la luna y el cuervo - El soldado y la muerte - El zarevich cabrito - El zarevich Iván y el lobo gris - Fomá Berénnikov - Gorrioncito - La araña Mizguir - La bruja Baba-Yaga - La bruja y la hermana del Sol - La ciencia mágica - La invernada de los animales - La niña lista - La rana zarevna - La vaquita parda - La vejiga, la paja y el calzón de líber - La zorra, la liebre y el gallo - Marco el Rico y Basilio el Desgraciado Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev fue el mayor de los folcloristas rusos de la época, y el primero en editar volúmenes de cuentos de tradición eslava que se habían perdido a lo largo de los siglos.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 261
    Erscheinungsdatum: 08.07.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9783959285001
    Verlag: IberiaLiteratura
    Größe: 345kBytes
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Obras ? Colección de Alekandr Nikoalevich Afanasiev

El gigante Verlioka

En tiempos remotos vivía en una cabaña un anciano con su mujer y sus dos nietas huérfanas. Eran tan preciosas y dóciles que sus abuelos estaban constantemente alabándolas.

Un día el anciano sembró en su huerto guisantes. Los guisantes crecieron y se cubrieron de flores; el anciano contemplaba su huerto con gran satisfacción, pensando para sus adentros:

"Durante todo el invierno próximo podré comer pasteles con guisantes."

Pero, para desgracia del anciano, los gorriones invadieron el huerto y empezaron a picotear los guisantes. Viendo en peligro su cosecha, mandó a su nieta menor que espantase los gorriones, y ésta, provista de una rama seca, se sentó en el huerto al lado de los guisantes y empezó a amenazar a los pájaros malhechores, gritándoles:

-¡Fuera, fuera, gorriones! ¡No se coman los guisantes de mi abuelito!

De pronto se oyó un espantoso ruido por el lado del bosque y apareció el gigante Verlioka. Era de un aspecto terrible: tenía un solo ojo, la nariz como un garfio, la barba como un haz de paja, el bigote de una vara de largo y la cabeza cubierta con púas de puerco espín; andaba apoyándose en un enorme cayado 1 y sonreía con una sonrisa espantosa.

Cuando se encontraba con algún ser humano lo estrechaba entre sus robustos brazos hasta que le hacía crujir los huesos y lo mataba. No tenía piedad ni de viejos ni de jóvenes, y lo mismo acometía a los cobardes que a los valientes. Apenas Verlioka divisó a la nieta del anciano, la mató con su cayado.

El abuelo esperó un rato a la niña. Al ver que no volvía envió a su nieta mayor a buscarla, pero Verlioka la mató también.

El anciano, cansado de esperarlas, perdió la paciencia y dijo a su mujer:

-¿Por qué tardan tanto en volver las niñas? Se habrán entretenido charlando con los mozos; mientras tanto los gorriones devorarán mis guisantes. Ve y llámalas a casa.

La anciana bajó de su lecho, sobre la estufa, cogió un bastón, salió al patio y se encaminó al huerto, donde se encontró a sus nietas sin vida; al percibir a Verlioka comprendió que aquella desgracia era obra del gigante. Llena de dolor y de ira, se abalanzó a él y se agarró a sus barbas, con lo que Verlioka la mató con mucha más facilidad.

En tanto, el anciano, lleno de impaciencia, se levantó de la mesa, rezó sus oraciones y se fue despacito al huerto para ver lo que les había sucedido a su mujer y a sus nietas. Una vez allí vio a sus queridas niñas tendidas en el suelo como si durmiesen tranquilamente; pero una de ellas tenía toda la frente ensangrentada y en el cuello de la otra se veía la señal de cinco dedos; en cuanto a la anciana, estaba tan destrozada que era imposible reconocerla.

El desgraciado viejo lloró con desconsuelo, gimiendo y lamentándose durante un largo rato; pero poco a poco se tranquilizó, volvió a su cabaña, cogió un cayado de hierro y, lleno de ira y de ideas de venganza, se dirigió en busca de Verlioka para matarlo.

Después de andar bastante tiempo llegó a un estanque donde estaba nadando una Oca sin cola, la cual al ver al anciano empezó a gritarle:

-¡Así! ¡Así! Estaba segura de que vendrías; por eso te esperaba. ¿Cómo te va, abuelo?

-Buenos días, Oca. ¿Por qué me esperabas?

-Porque sabía que no perdonarías ni aun al mismo Verlioka la muerte de tu mujer y de tus nietas.

-¿Y tú conoces a ese monstruo?

-¡Ya lo creo! ¿Cómo no he de conocerle? Me acuerdo muy bien del día en que se puso a pegar en este mismo sitio a un desgraciado. Yo entonces tenía la costumbre de decir ¡ay!, ¡ay!, y mientras Verlioka se divertía en la orilla, yo le gritaba sentada en el agua: "¡Ay!, ¡ay!" Entonces él, después de matar a aquel pobre hombre, corrió a mí, gritándome: "¡Yo te enseñaré a defender a los demás!" Y me cogió por la cola. Pero yo nunca he sido cobarde y, haciendo un esfuerzo, me escapé, dejando mi cola entre sus m

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