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Obras - Colección de Emilia Pardo Bazán Biblioteca de Grandes Escritores von Bazán, Emilia Pardo (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 31.03.2015
  • Verlag: IberiaLiteratura
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Obras - Colección de Emilia Pardo Bazán

Ebook con un sumario dinámico y detallado: Emilia Pardo Bazán fue una novelista, periodista, ensayista y crítica literaria española introductora del naturalismo en España: - - Los pazos de Ulloa - La Vozdela Conseja - AL EMPEZAR - La Novela en el Tranvía. (GALDÓS) - El criado de Don Juan. (J. BENAVENTE) - Viernes Santo. (LA CONDESA DE PARDO BAZÁN) - El sencillo Don Rafael CAZADOR Y TRESILLISTA (UNAMUNO) - ¡Solo! (PALACIO VALDÉS) - El Rey Burgués. (RUBÉN DARÍO) - Elizabide el Vagabundo. (BAROJA) - La epopeya de una zíngara. (DICENTA) - Los tres Reyes de Oriente. (RICARDO LEÓN) - Las tres cosas del tío Juan. (JOSÉ NOGALES) - La enamorada indiscreta (PEDRO DE RÉPIDE) - Cosas de hombre. (A. REYES) - Fuerte como la muerte. (PEDRO MATA) - La Tribuna - ¡Por fin llegó! - Un viaje de novios - ...

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 1535
    Erscheinungsdatum: 31.03.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9783959281768
    Verlag: IberiaLiteratura
    Größe: 901 kBytes
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Obras - Colección de Emilia Pardo Bazán

-VIII-

Mientras se raía con la navaja de barba los contados pelos rubios que brotaban en sus carrillos, Julián maduraba un proyecto: afeitado y limpio que fuese, emprendería el camino de Cebre un pie tras otro, en el caballo de San Francisco; allí le pediría al cura una jícara de chocolate, y esperaría en la rectoral hasta las doce, hora en que pasa la diligencia de Orense a Santiago; malo sería que en interior o cupé no hubiese un asiento vacante. Tenía dispuesto su maletín: lo enviaría a buscar desde Cebre por un mozo. Y calculando así, miraba contristado el paisaje ameno, el huerto con su dormilón estanque, el umbrío manchón del soto, la verdura de los prados y maizales, la montaña, el limpio firmamento, y se le prendía el alma en el atractivo de aquella dulce soledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba pasar allí la vida toda. ¡Cómo ha de ser! Dios nos lleva y trae según sus fines.... No, no era Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien lo arrojaba del paraíso.... Le agitó semejante idea y se cortó dos veces la mejilla.... Estuvo próximo a inferirse el tercer rasguño, porque le dieron una palmada en el hombro.

Se volvió.... ¿Quién había de conocer a don Pedro, tan metamorfoseado como venía? Afeitado también, aunque sin detrimento de su barba, que brillaba suavizada por el aceite de olor, trascendiendo a jabón y a ropa limpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqué blanco, hongo azul, y al brazo un abrigo, parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevo y diferente, con veinte grados más de educación y cultura que el anterior. De golpe lo comprendió todo Julián... y la sangre le dio gozoso vuelco.

-¡Señorito...!

-Ea, despachar, que corre prisa.... Tiene usted que acompañarme a Santiago y necesitamos llegar a Cebre antes de mediodía.

-¿De veras viene usted? ¡Mismo parece cosa de milagro! Yo estuve hoy arreglando la maleta. ¡Bendito sea Dios! Pero si usted determina que me quede aquí entretanto....

-¡No faltaba otra cosa! Si salgo solo, se me agua la fiesta. Voy a dar una sorpresa al tío Manolo, y a conocer a las primas, que sólo las he visto cuando eran unas mocosas.... Si ahora me desanimo, no vuelvo a animarme en diez años. Ya he mandado a Primitivo que ensille la yegua y ponga el aparejo a la borrica.

En aquel punto asomó por la puerta un rostro que a Julián se le antojó siniestro, y acaso pensó otro tanto el marqués, pues preguntó impaciente:

-Vamos a ver, ¿qué ocurre?

-La yegua-respondió Primitivo sin alzar la voz-no sirve para el camino.

-¿Por qué razón? ¿Puede saberse?

-Está sin una ferradura siquiera-declaró serenamente el cazador.

-¡Mal rayo que te parta!-vociferó el marqués echando fuego por los ojos-. ¡Ahora me dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya cuidar de que esté herrada? ¿O he de llevarla yo al herrador todos los días?

-Como no sabía que el señorito quisiese salir hoy....

-Señor-intervino Julián-, yo iré a pie. Al fin tenía determinado dar ese paseo. Lleve usted la burra.

-Tampoco hay burra-objetó el cazador sin pestañear ni alterar un solo músculo de su faz broncínea.

-¿Que... no... hay... bu... rraaaaa?-articuló, apretando los puños, don Pedro-. ¿Que no... la... hayyy? A ver, a ver.... Repíteme eso, en mi cara.

El hombre de bronce no se inmutó al reiterar fríamente.

-No hay burra.

-¡Pues así Dios me salve! ¡La ha de haber y tres más, y si no por quien soy que os pongo a todos a cuatro patas y me lleváis a caballo hasta Cebre!

Nada replicó Primitivo, incrustado en el quicio de la puerta.

-Vamos claros, ¿cómo es que no hay burra?

-Ayer, al volver del pasto, el rapaz que la cuida le encontró dos puñaladas.... Puede el señorito verla.

Disparó don Pedro una imprecación, y bajó de dos en dos las escaleras. Primitivo y Julián le seguían. En la cuadra, el pastor, adolescente de cara estúpida y escrofulosa, confirmó la versi

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