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Ritmo lento von Martín Gaite, Carmen (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 13.03.2015
  • Verlag: Ediciones Siruela
eBook (ePUB)
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Ritmo lento

¿Es la atípica educación que David Fuente, protagonista de Ritmo lento, ha recibido de su padre responsable de su inadaptación social? ¿O es la sociedad con sus normas típicas la que excluye a quien no quiere o no puede adaptarse? '...un tema insólito en la literatura española y diríamos, incluso, que europea de la época. La oposición entre el individuo y la sociedad y la visión de ésta como un entramado de comportamientos aprendidos y reglas no escritas que, persiguiendo supuestamente el bien común, cohíben como un incómodo corsé otras posibilidades de ser humanos. La pregunta que se plantea es en el fondo de una radicalidad extrema: ¿es necesario que nos guiemos por la razón de lo conveniente? ¿Qué es lo conveniente? ¿Lo que la sociedad dicta?' Marcos Giralt Torrente Carmen Martín Gaite (Salamanca 1925-Madrid 2000), novelista, poeta, ensayista y traductora, publicó su primera novela El balneario en 1955 y es una de las más destacadas representantes de la generación de la posguerra. De sus libros hay que destacar Entre visillos (Premio Nadal 1958), Ritmo lento (1963), El cuarto de atrás (1978), El cuento de nunca acabar (1983), Usos amorosos de la postguerra española (Premio Anagrama de Ensayo 1987), Nubosidad variable (1992), Lo raro es vivir (1996) o Irse de casa (1998). Carmen Martín Gaite ha recibido también los premios Príncipe de Asturias 1988 y el Nacional de las Letras Españolas 1994.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 340
    Erscheinungsdatum: 13.03.2015
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788416396290
    Verlag: Ediciones Siruela
    Größe: 485 kBytes
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Ritmo lento

Prólogo

-Puede dejarnos aquí mismo. En la esquina.

El taxista arrimó a la acera y paró el contador. Luego miró por el espejito, mientras decía en voz alta el precio marcado: treinta y cinco pesetas. El hombre moreno, de bigote, que en todo el trayecto no había despegado los labios, permanecía inmóvil mirando el barrio a través de la ventanilla. Fue la chica, que desde que mandó parar había adelantado el cuerpo y revolvía en el bolso buscando el monedero, quien pagó con buena propina y se bajó rápidamente la primera.

-¡Vamos! ¿Estás dormido? -exhortó a su compañero con voz nerviosa, apenas puesto el pie en la calzada.

El muchacho se bajó. Oscurecía. De la calle por donde les había traído el taxi venía un vaho de anuncios luminosos, pero allí todo estaba como dormido y sólo de vez en cuando lucía débilmente una bombilla en su poste de palo, a lo largo de las aceras. Echaron a andar. Era una calle ancha y polvorienta, con edificios de un solo piso y jardín. Entre una acera y otra, había un bulevar con algunos cedros. Estaban haciendo obras y el piso se veía desigual; los rieles del tranvía sobresalían del adoquinado. La chica se paró.

-Bueno, ¿dónde me esperas?

-No sé. ¿Dónde es?

-En esa primera calle.

-Lo mejor será que te acompañe y que te espere a la puerta. Total, no te irás a entretener tanto.

-No -fue la respuesta contundente-. Acompañarme te he dicho que no. Así que decide.

Un tranvía acababa de pararse junto a ellos, vaciando a varios viajeros que se dispersaron. Algunos cruzaron y se detuvieron en un aguaducho que había en el centro del bulevar, un poco más allá, al lado de un tiovivo para niños pequeños.

-Podías esperarme en ese bar -sugirió la chica.

-Bueno; lo que quieras.

El muchacho no apartaba los ojos de la embocadura de la calle que ella le había señalado, aún más oscura y solitaria.

-No me gusta este barrio -dijo-. Parece el fin del mundo. Me aburriré, si tardas.

-Pues vete a tu casa. ¡Tú te has empeñado en venir conmigo! ¿Me hacías falta? ¿Te he mandado venir yo? No señor. Al contrario. No quería.

-Yo tampoco quería que vinieras; creí que por el camino se te pasaría el capricho.

-¡No es ningún capricho!

-Sí, Luci, compréndelo. Un capricho violento, como una locura. Si no vienes, te da algo. Y precisamente esta tarde.

-Se me ha ocurrido esta tarde. ¿Y eso qué importa? ¿No es una tarde como otra cualquiera?

El chico se apoyó en la verja de uno de aquellos chalets con aire abatido. No respondió nada, pero negó con la cabeza, mirando hacia el suelo.

-¡No empecemos! -se exaltó ella-. ¿Qué piensas? Me desesperas con esa cara martirizada.

El chico sonrió apagadamente.

-Siempre hay uno que sufre y otro que hace sufrir. Me dices lo mismo que te decía David a ti cuando no entendía que lo pasaras mal por su culpa: "Pon otra cara". ¡Me lo has contado tantas veces!...

Hubo un breve silencio.

-¿Y eso qué tiene que ver? -dijo ella, al cabo, con voz algo insegura-. ¿Por qué sacas a relucir ahora todo eso?

-Hoy todavía se puede sacar a relucir. Mañana ya no valdrá la pena. Por eso me ha extrañado que digas que la tarde de hoy es como otra cualquiera. Para mí no lo es.

-¿Y qué crees que habríamos sacado a relucir sentados en casa de tu madre o de la mía? Nada, sino esperar a mañana. ¿No está ya todo hablado, decidido?

El muchacho, sin levantar los ojos del suelo, callaba tercamente.

-Di si queda algo pendiente para esta tarde -apremió ella con voz exaltada-. Si hay algo importante que me quieras decir, dejo esa visita, lo dejo todo, y nos estamos hablando hasta que salga el sol mañana. No vuelvo yo a mi casa, ni tú a la tuya. Te aseguro que lo hacemos. Pero ¿qué es lo que me quieres decir? Anda. ¿De verdad me quieres hablar? Mírame.

Se dirigía a él con apremiante esperanza. Le levantó

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