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Viaje al centro de la Tierra von Verne, Julio (eBook)

  • Verlag: e-artnow
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Viaje al centro de la Tierra

Este ebook presenta 'Viaje al centro de la Tierra', con un sumario dinámico y detallado. Viaje al centro de la Tierra es una novela de Julio Verne, publicada en 1864. Durante una expedición científica en Islandia, el científico y visionario Trevor Anderson, su sobrino Sean y la bella guía local, Hannah, quedan inesperadamente atrapados en una cueva y la única forma de escape posible les lleva a adentrarse cada vez más en las entrañas de la tierra. Viajando a través de mundos nunca antes vistos, el trío se encuentra frente a frente con criaturas surrealistas e inimaginables, incluyendo a plantas devoradoras de hombres, pirañas voladoras gigantes, pájaros que brillan y los temidos dinosaurios de las primeras eras. Los aventureros se dan cuenta muy rápidamente de que está aumentando la actividad volcánica a su alrededor, y deben buscar una manera de volver a la superficie antes de que sea demasiado tarde. Jules Gabriel Verne (1828 - 1905), conocido en los países de lengua española como Julio Verne, fue un escritor, poeta y dramaturgo francés célebre por sus novelas de aventuras y por su profunda influencia en el género literario de la ciencia ficción.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 203
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788074842030
    Verlag: e-artnow
    Größe: 903 kBytes
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Viaje al centro de la Tierra

Capítulo 3

-Se trata sin duda alguna de un escrito numérico-decía el profesor, frunciendo el entrecejo. Pero existe algo oculto, un secreto que tengo que descubrir, porque de lo contrario...

Un gesto de iracundia terminó su pensamiento.

-Siéntate ahí, y escribe-añadió indicándome la mesa con el puño.

Obedecí con rapidez.

-Ahora voy a dictarte las letras de nuestro alfabeto que corresponden a cada uno de estos caracteres islandeses. Veremos lo que resulta. ¡Pero, por los clavos de Cristo, cuida de no equivocarte!

Él empezó a dictarme y yo a escribir las letras, unas a continuación de las otras, formando todas juntas la incomprensible sucesión de palabras siguientes:

mm.rnlls esreuel seecJde

sgtssmf unteief niedrke

kt,samn atrateS Saodrrn

erntnael nuaect rrilSa

Atvaar .nxcrc ieaabs

Ccdrmi eeutul frantu

dt,iac oseibo kediiY

Una vez terminado este trabajo arrebatóme vivamente mi tío el papel que acababa de escribir, y lo examinó atentamente durante bastante tiempo.

-¿Qué quiere decir esto? -repetía maquinalmente.

No era yo ciertamente quien hubiera podido explicárselo, pero esta pregunta no iba dirigida a mí, y por eso prosiguió sin detenerse:

-Esto es lo que se llama un criptograma, en el cual el sentido se halla oculto bajo letras alteradas a propósito, y que, combinadas de un modo conveniente, formarían una frase inteligible. ¡Y pensar que estos caracteres ocultan tal vez la explicación, o la indicación, cuando menos, de un gran descubrimiento!

En mi concepto, aquello nada ocultaba; pero me guardé muy bien de expresarle mi opinión.

El profesor tomó entonces el libro y el pergamino, y lo comparó uno con otro.

-Estos dos manuscritos no están hechos por la misma mano -dijo-; el criptograma es posterior al libro, tengo de ello la evidencia. En efecto, la primera letra es una doble M que en vano buscaríamos en el libro de Sturluson, porque no fue incorporada al alfabeto islandés hasta el siglo XIV. Por consiguiente, entre el documento y el libro median por la parte más corta dos siglos.

Esto me pareció muy lógico; no trataré de ocultarlo.

-Me inclino, pues, a pensar -prosiguió mi tío-, que alguno de los poseedores de este libro trazó los misteriosos caracteres. Pero, ¿quién demonios sería? ¿No habría escrito su nombre en algún sitio?

Mi tío se levantó las gafas, tomó una poderosa lente y pasó minuciosa revista a las primeras páginas del libro. Al dorso de la segunda, que hacía de anteportada, descubrió una especie de mancha, que parecía un borrón de tinta; pero, examinada de cerca, veíanse en ella algunos signos borrosos. Mi tío comprendió que allí estaba la clave del secreto, y ayudado de su lente, trabajó con tesón hasta que logró distinguir los caracteres únicos que a continuación transcribo, los cuales leyó de corrido:

-¡Ame Saknussemm! -gritó en son de triunfo- ¡es un nombre! ¡Un nombre islandés, por más señas! ¡El de un sabio del siglo XVI! ¡El de un alquimista célebre!

Miré a mi tío con cierta admiración.

-Estos alquimistas -prosiguió-, Avicena, Bacán, Lulio, Paracelso, eran los verdaderos, los únicos sabios de su época. Hicieron descubrimientos realmente asombrosos. ¿Quién nos dice que este Saknussemm no ha ocultado bajo este casi ilegible criptograma alguna sorprendente invención? Tengo la seguridad de que así es.

Y la viva imaginación del catedrático comenzó a exaltarse ante esta idea.

-Sin duda -me atreví a responder-; pero, ¿qué interés podía tener este sabio en ocultar de ese modo su maravilloso descubrimiento?

-¿Qué interés? ¿Lo sé yo acaso? ¿No hizo Galileo otro tanto cuando descubrió a Saturno? Pero no tardaremos en saberlo, porque no descansaré, ni he de ingerir alimento, ni he de cerrar los párpados en tanto no arranque el secreto que encier

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