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Breve historia de la Guerras Púnicas von Martínez-Pinna, Javier (eBook)

  • Erscheinungsdatum: 15.11.2016
  • Verlag: Nowtilus - Tombooktu
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Breve historia de la Guerras Púnicas

Amílcar Barca, Asdrúbal, Escipión el Africano, Cátulo, Aníbal Barca,... Conozca los mayores enfrentamientos de la Antigüedad. Las dos guerras mundiales en que se enfrentaron Cártago y Roma.En el siglo III a. C. dos grandes potencias, Roma y Cartago, se encontraban preparadas para iniciar una larga lucha por conseguir la hegemonía en el Mediterráneo occidental. Del resultado de esta contienda se iba a dirimir el destino del mundo tal y como lo conocemos en la actualidad. Las guerras púnicas enfrentaron a dos ejércitos perfectamente adiestrados para el combate, con dos visiones distintas a la hora de planificar las principales operaciones militares, y con unos experimentados generales, como Aníbal o Escipión, que protagonizaron algunas de las batallas más memorables de todos los tiempos. Tal fue su magnitud y su extensión, que muchos autores la han considerado como la primera guerra mundial de la historia, y uno de sus escenarios principales estuvo aquí, en España. Durante la lectura de la Breve historia de las Guerras Púnicas el lector podrá acompañar a Aníbal hacia los Alpes dilucidando a la vez si este fue su gran plan desde el principio o si, en cambio, fue una decisión de última hora debido a las circunstancias. Sufrirá la angustia romana de la mano de Publico Cornelio Escipión padre, verá a los cartagineses afrontar temibles batallas, que no son sólo historia sino casi leyenda, a lomos de sus poderosos elefantes de guerra. Temblará con los ciudadanos latinos encerrados en la ciudad de Roma, subidos en las murallas y con la vista puesta en el horizonte esperando ver aparecer a Aníbal y su temible ejército de mercenarios con la intención de destruir la ciudad y esclavizarlos a todos. Y reirá con la descripción de las mejores comedias de Plauto, precursor de la comedia de situación más moderna, justo cuando su mundo se estaba viniendo abajo. Javier Martínez-Pinna es profesor de Historia y ha formado parte en diversas campañas arqueológicas en yacimientos de época ibérica, romana y medieval. Asimismo ha colaborado con distintos medios de comunicación: ha publicado en prensa escrita y en revistas especializadas como Vive la Historia, de la que es colaborador habitual, o Enigmas y ha participado en varios programas de radio como La Escóbula de Brújula, Luces en la Oscuridad, La otra mirada y en los programas de Radio Nacional de España: Esto me suena y el mítico Espacio en Blanco. Es autor de El nombre de Dios, un ensayo en el que trata de descubrir la naturaleza y el recorrido histórico de la Mesa de Salomón, por el que fue nominado como finalista en los premios Hislibris, como mejor autor novel del 2014, de Grandes Tesoros Ocultos, en el que establece cuál pudo ser el destino definitivo de los tesoros más legendarios, y de Operación Trompetas de Jericó, en el cual ofrece al lector un ensayo basado en el estudio, alejado de planteamientos esotéricos, sobre lo que realmente fue el Arca de la Alianza. Diego Peña es Licenciado en Historia por la Universidad de Alicante, especializado en Arqueología, Prehistoria y Antigüedad. Actualmente es Gerente de la Fundación Universitaria de Investigación Arqueológica La Alcudia. Ha sido colaborador esporádico en el Diario Información como crítico de cine, vicepresidente de un cine-club juvenil durante varios años y co-autor de un libro de historias cortas, un libro de poemas y varios artículos de historia en revistas especializadas.

Produktinformationen

    Format: ePUB
    Kopierschutz: watermark
    Seitenzahl: 320
    Erscheinungsdatum: 15.11.2016
    Sprache: Spanisch
    ISBN: 9788499678467
    Verlag: Nowtilus - Tombooktu
    Größe: 3532 kBytes
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Breve historia de la Guerras Púnicas

Introducción

Desde las poderosas murallas de la ciudad de Sagunto, un joven vigía que acababa de comenzar su turno de guardia logró divisar en la distancia una enorme columna de polvo que informaba sobre la llegada de un descomunal ejército norteafricano. Por fin, las fatales previsiones que anunciaban un inminente ataque por parte de las huestes púnicas parecían cumplirse para condenar a la desaparición, y al exterminio, a una comunidad que tenía puestas sus esperanzas de supervivencia en una anhelada intervención romana.

Había llegado el momento de la verdad, pero los iberos eran un pueblo antiguo y noble, celoso guardián de su independencia y libertades, y por eso lucharían hasta el último suspiro para mostrar a todos, y especialmente a estos malditos cartagineses, hasta qué punto podía llegar el arrojo de unos cuantos valientes a la hora de defender la tierra de sus antepasados.

Superado el impacto inicial, y siendo ya consciente del peligro que se cernía sobre todos ellos, el joven saguntino dio el grito de alerta para ver cómo, poco a poco, las murallas de su ciudad se iban poblando de guerreros que observaban, apesadumbrados, el lento pero decidido avance del contingente púnico, al frente del cual cabalgaba el valeroso Aníbal, hijo del temido caudillo Amílcar Barca, largamente recordado en unas tierras que fueron testigo de su bravura.

Aprovechando la claridad y la intensa luz matinal de esa fresca mañana de primavera, los saguntinos trataron de forzar la vista para intentar calcular el número de tropas que los cartagineses habían desplazado para tomar un enclave cuya situación era fundamental en su intento de establecer su hegemonía en esta inhóspita y áspera tierra. Cuanto más se acercaban, más obvia se hacía su determinación, porque pocas horas después la enorme llanura situada frente a la ciudad fue ocupada por un ejército compuesto por varios miles de soldados de a pie apoyados por una numerosa caballería.

Las primeras acciones bélicas se iniciaron con un ataque repentino para arrasar los campos de cultivo situados alrededor del oppidum . Las intenciones de Aníbal eran claras, con esta acción pretendía destruir los recursos agrícolas de los saguntinos sometiéndolos a un duro asedio regido por el implacable suplicio del hambre. Además, el general cartaginés se sentía forzado por las prisas y por el temor de la llegada de un ejército romano que desbaratase sus planes de conquista, por lo que trató de forzar a los defensores de la plaza a actuar precipitadamente e incluso intentó imponer un tratado de paz cuando se vieron privados de su sustento.

Las primeras jornadas transcurrieron sin que los sitiados pudiesen hacer nada más que contemplar a sus enemigos mientras se apoderaban de toda la cosecha que ellos necesitaban para poder resistir al largo asedio que estaba a punto de iniciarse. Encaramados en lo alto de las torres defensivas que reforzaban la seguridad de sus murallas, los iberos asistían impotentes al movimiento de las tropas púnicas, que empezaron a maniobrar para cerrar definitivamente el cerco en torno al perímetro de la ciudad. Sus defensores, dispuestos a resistir hasta el final, rogaban desesperados a sus dioses, al mismo tiempo que miraban hacia el horizonte, hacia el extenso mar, tratando de atisbar en la lejanía la existencia de una flota romana que provocase la retirada del odiado enemigo y les salvase de su exterminio. Pero nada de eso sucedió.

Pasaron los días, y el general cartaginés ordenó un primer ataque masivo para intimidar a los defensores de la plaza. No sin motivos, Aníbal planteó una ofensiva por tres puntos distintos de la muralla, con la intención de dividir el potencial defensivo de los saguntinos y evitar que su fuerza se concentrase en el punto débil del entramado ibero, un ángulo de la muralla que se abría hacía el valle y en donde el terreno era, sin duda, más favorable para el empleo de

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