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Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia von Aguirre, Nataniel (eBook)

  • Erschienen: 31.08.2010
  • Verlag: Linkgua
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Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia

Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia de Nataniel Aguirre (Cochabamba, Bolivia, 1843-Montevideo, Uruguay, 1888), se publicó en 1885 en Cochabamba, Bolivia. Es una novela que narra hechos esenciales de la historia nacional boliviana, en tiempos del primer levantamiento por la independencia en Cochabamba. Los sucesos son contados por uno de los rebeldes bolivianos sobreviviente, Juan de la Rosa que, en su vejez reconstruye su vida en Cochabamba, los episodios históricos entre 1809 y 1811, la muerte de su madre, la represión española, la resistencia, victorias y derrotas en la guerra de independencia. El autor logra recrear la cotidianidad de Cochabamba, una ciudad de finales del siglo XIX, desde la ficción. El personaje recuerda el proceso histórico y los ideales que dieron lugar a la república boliviana; pero también pone en voz de la 'memoria' los espacios familiares, los detalles personales y la tensión entre la vida pública y privada. Polémica sobre su autoría Algunos investigadores, como el boliviano Gustavo V. García, sostienen que la obra no pertenece a Nataniel Aguirre. Según García, Aguirre habría editado la novela -cuyo verdadero autor sería el coronel Juan de la Rosa o Juan Altamirano Calatayud- y ayudado a corregirla. El problema está que en la primera edición, de 1885, no hay ninguna referencia a Aguirre: la novela, titulada Cochabamba. Memorias del último soldaado de la Independencia, está firmada por Juan de la Rosa, que es el personaje principal: Juanito, seguido del nombre de su madre Rosita.

Nataniel Aguirre

Produktinformationen

    Herausgeber: Linkgua
    Sprache: Spanisch
    Seitenanzahl: 252
    Format: ePUB
    Kopierschutz: AdobeDRM
    Unterstützte Lesegerätegruppen: PC/MAC/eReader/Tablet
    ISBN: 9788490073711
    Erschienen: 31.08.2010
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Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia

Capítulo II. Rosita enferma. Un nuevo amigo

En el memorable año de 1810, undécimo según entiendo de mi edad, Rosita estaba más pálida y triste que nunca. Sentía yo arder sus labios y sus manos cuando me acariciaba; sus ojos despedían más luz; tosía con frecuencia. Advertí que deseaba entregarse con mas ahínco al trabajo, y que, obligada por momentos a buscar reposo en el lecho, sufría moralmente mayor tormento que el de su enfermedad. Otra observación, que no podía escapárseme, conociendo sus costumbres, me alarmó sobre todo demasiado. Ella, tan cuidadosa siempre del aseo de su persona y del orden y arreglo de su casa, permitía algún desaliño en su traje y esperaba que María Francisca viniese a barrer cuando pudiese la habitación y hasta le dejaba preparar nuestra frugal comida. Lo único que no descuidó nunca -¡bendita madre mía!- fue la persona de su hijo, a quien trataba de engañar con dulces sonrisas.

Don Francisco de Viedma, que hubiera sido más que antes nuestra providencia, había muerto, sin poder ni él mismo vencer la repugnancia que el pueblo sentía por los españoles llamados chapetones , pero llorado por los muchos desgraciados a quienes socorría. Nuestros leales amigos Fray Justo y Alejo parecían querer abandonarnos poco a poco. Venían con menos frecuencia; estaban entre ambos muy preocupados desde el año anterior, de algo que yo no me explicaba. Cuando se encontraban juntos en nuestra casa, cambiaban palabras misteriosas; se reían unas veces frotándose las manos, y se ponían otras mustios y abatidos, notándose en éstas aquel trocarse espantoso del semblante de Alejo.

Un día oí decir al Padre Justo enajenado:

-Ahora sí que va de veras. Lo del 25 de mayo estaba bueno; pero don Pedro Domingo Murillo sabe mejor dónde nos aprieta el zapato. ¡Bendito Dios! ¡he visto por fin, aunque de lejos, a un hombre!

Otro día vino enteramente abatido, al punto de que ni siquiera extendió la mano a Rosita, ni oyó las afectuosas palabras con que, sorprendida, quiso arrancarle de su dolorosa postración. No sabía yo qué hacer con el libro en la mano, cuando, como si hubiera cometido una falta, me dijo severamente:

-¡Quítate de ahí!... no se puede ya leer eso.

Y levantándose enseguida, como impelido por un resorte, sacó de la manga un papel manuscrito, y agregó:

-Esto, nada más que esto hay que leer y aprenderlo de memoria, muchacho; porque sino perderás mi cariño.

Tomé temblando el papel (que ahora mismo tengo ante mis ojos) y leí con mucha dificultad, corregido y auxiliado a cada instante por mi maestro, lo que felizmente puedo copiar enseguida.

Nuestra Señora de La Paz, 5 de febrero de 1810.

"Hermano mío: Te he ido refiriendo puntualmente nuestros desastres y sufrimientos desde Chacaltaya. Prepárate a oír ahora lo que nuestros tiranos se obstinaban en llamar con aparente desprecio y mal encubierta zozobra, "la conclusión del alboroto del 16 de julio".

"En la mañana del 29 de enero nos encaminamos, por orden de la autoridad, a la cárcel pública donde estaban encerrados los presos, para darles los últimos auxilios espirituales y acompañarlos hasta el pie de las infamantes horcas, en que, según decía la sentencia, "debían ser colgados por castigo de sus nefandos crímenes y para escarmiento de rebeldes". Me tocó a mí oír la última confesión de don Pedro Domingo Murillo. ¡Qué hombre, Dios mío! ¡qué alma aquella tan superior a las del vulgo de sus contemporáneos! ¿De dónde ha podido recoger tanta luz en esta noche de espesas tinieblas en que hemos vivido? No te diré, no puedo decirte de qué modo me ha deslumbrado con los resplandores sublimes que despedía entonces para extinguirse en el abismo de la eternidad. Hubo momento en que yo parecía más bien el penitente y él mi confesor. Purificándose mi propia fe con sus palabras, vaciló... ¡vaciló, hermano, hasta que él mismo la sostuvo y la dejó más radiante

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